La iglesia, rodeada por un mar nuboso de blancura, parece destacar el gris de la piedra, donde las distintas filigranas y encajes, como bordados de una imaginaria mantelería, se precipitan ante la mirada del aficionado fotógrafo. ¡Qué cantidad de detalles!
Así, la escalera, que conduce al reloj, se transparenta ante las enormes ventanas góticas como indicando que es un recorrido solo para especialistas en maquinarias viejas que marcan el tiempo. Lo cierto es que todo el conjunto, con sus numerosos detalles, sirven no solo para indicar la labor de unos labrantes y de una etapa de la ciudad de Arucas, sino para verificar que, a pesar del paso del tiempo, continúa sorprendiendo a los lugareños que no se cansan de admirarla.
Por eso su majestuosidad es universal. Y única.






























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