De cómo los tiempos chicos se han diluido como un azucarillo en el café de la tarde.
Allí, entre su negrura aromática y la imagen de unos niños que ya no lo son, al lado del ordenador en el que escribo, se encuentra la enmarcada foto; foto que se ha ubicado en su lugar y, al observarla detenidamente, descubrimos con asombro que la felicidad ya pasó.
Es la felicidad apenas un instante: nunca somos conscientes de que a nuestro lado está: obsesionados con el transcurrir diario no llegamos a percatarnos de su cercana presencia. Siempre pasa lo mismo. No hay manera de aprender. Quizás sea el sino de los humanos: buscar y buscar la felicidad y, cuando ya la hemos encontrado, ni siquiera somos capaces de percibirla y, menos aún, de disfrutarla. Continuamente miramos para el lado equivocado: si Agarfa no quiere mirar, no hay nada que hacer.
¿Hay tiempos chicos y tiempos grandes? Solo llegamos a suponer que, con el ritmo vital de estos años asirocados, se nos ha escapado por las alcantarillas no solo el espacio de nuestra infancia, y el de ellos también, sino que, además, se ha desvanecido ese instante mágico que ha quedado desleído en el café vespertino junto al pan bizcochado, que, agarrado al sabor negro y caliente, adquiere la sensación de una existencia que, aunque la deseemos, no volverá. Así debe ser: de lo contrario seríamos unas caricaturas, desposeídas de toda personalidad, incapaces de materializarnos.
No llegamos a averiguar si la lectura lenta y detenida del penúltimo libro contribuye a la fortuna espiritual; desconocemos si la Literatura tiene algún sentido más allá de “matar el tiempo” (perdonen la expresión: a mí tampoco me gusta); ignoramos si vale la pena seguir mirando los escaparates buscando el libro que aún no hemos escrito. ¿Para qué tanto alboroto y enfado puntual?
Al final, el sencillo y cotidiano gesto de mirar una fotografía, que se ha convertido en exclusividad momentánea, viene a colocar las cosas en su sitio y se instala en la imaginación del que mira: reducto casi virginal y oculto a los otros.
Son las fotografías en papel la visión exacta y precisa de nuestra historia familiar.
Y de un tiempo que se ha atenuado en el mar, donde las olas imitan la vida entera.





























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