¡Qué negra se ha puesto la tarde!, dijo el negrero español mientras su barco cargado de esclavos guanches se alejaba del puerto.
De los grandes nubarrones negros, que imprimían al cielo un aire amenazante, pasó la mirada a lo que él consideraba su mercancía y pensó en las ganancias que obtendría con la venta de los cien nativos que había apresado.
Encadenados, indefensos, los cautivos rogaron a aquel mismo cielo que estallara una tormenta y que un rayo partiera el barco en dos. Preferían morir ahogados en el mar, junto al cual habían crecido, antes que pasar por la indignidad de ser vendidos como esclavos.
Y el cielo les escuchó.
Quico Espino



























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