Mi madre ha sido alumna de un centro de adultos durante más de veinte años. Acude a clases dos veces por semana y allí, no solo aprende cosas que en su niñez no pudo, sino que socializa, se distrae, conoce gente y un largo etcétera. Siempre vuelve a casa más feliz y relajada. Por no hablar de los días que hay excursión (cuando el covid lo permite) o cuando podían viajar.
Gracias a la escuela, como ella dice, ha conocido muchísimos lugares, tiene amigas repartidas por todo el norte y cuando se reencuentra con ellas la sonrisa en su cara perdura durante días.
No estoy escribiendo este artículo para hablar de mi señora madre, que bien se merece un artículo y hasta un libro, lo hago para hablar de algo que me contó y me dejó perpleja: “van a quitar la escuela”, me dijo hace un par de semanas con el semblante triste. “¿Y eso?”- pregunté extrañada. A lo que, no supo muy bien que respuesta dar.
Me informé y al parecer quieren cerrar aulas aulas de enseñanzas para adultos por no aceptar la matrícula a alumnos que hayan pasado más de cuatro años por los niveles de formación básica inicial. ¿En serio? ¿Acaso la educación y mantener la mente activa de nuestros mayores tiene fecha de caducidad?
Esas aulas están llenas de personas, hombres y mujeres que por circunstancias de la vida no pudieron formarse durante su infancia y su juventud y decidieron, de forma voluntaria, hacerlo de mayores. Allí aprenden, sí señores aprenden. Salen de sus casas, conocen a otras personas, enriquecen su día a día. Porque hay vida para todos independientemente de la edad que tengamos.
Además, si ven el número de alumnos de los centros de adultos, no solo estamos hablando de los abuelitos de los barrios que van allí a pasar el tiempo, también hay jóvenes que por las razones qué sean no han seguido sus estudios en la edad “oficial” y lo hacen más tarde gracias a estos centros.
Son personas que tienen en sus aulas a sus amigos, en sus maestros y maestras a grandes confidentes y cómplices.
No me parece justo que todo esto se pueda cuantificar en tiempo, como si de algo banal se tratara. Hablamos de sentimientos, de ganas de aprender y de enseñar.
He tenido el placer de conocer a varios de los profesionales que están al frente de estas aulas para adultos, y todos tienen un denominador común: la pasión por su profesión, las ganas por enseñar y la empatía por las personas con las que trabajan.
¿Merecen estos profesionales tener que reciclarse o encauzar sus vidas hacia otro tipo de educación? ¿Merecen nuestros mayores quedarse sin un lugar en el que aprender y compartir vivencias? Yo creo que no.
Zeneida Miranda Suárez





























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