El gritó traspasó las paredes del hogar y llegó hasta la Punta de Arucas:
--- ¡Te pego una hostia que te mato!
Delante del ordenador di un brinco del susto, de la voz tan fuerte, tan cargada de rabia y odio del vecino. Intenté escribir pero las palabras no me salían. Solo la imagen del mar que en aquel momento contemplaba en la pantalla logró tranquilizarme. Y después de un minuto lo apagué. Así no se puede escribir, pensé. He de dejar el garaje y volver a instalarme en el palomar, donde la azotea, con la mirada permanente y suave del Lomo Jurgón: necesito encontrar las palabras convertidas en susurros donde los gritos desaparecen.
Es lo que tiene el lugar: capacidad de miradas distintas y, acaso, totalmente nuevas. Y, metido de lleno en esos pensamientos, apagué la música de fondo y cogí el ordenador con todos sus bártulos y subí a la azotea, como si el invierno se hubiera precipitado en una llegada inesperada.





























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