Cuando Ángeles Trinidad se asomaba a la azotea de su casa, verificaba que el equilibrio arquitectónico del lugar coincidía con el que procedía de su interior.
Por eso prevaleció el deseo de dar rienda suelta a sus opiniones y mantenerlas por encima de todo, a pesar de la fuerte oposición familiar y, por añadidura, a la desmesurada presión del entorno: siempre estaba en boca de todos. Y cuando se acercaba a los bailes del Casino Nueva Sociedad percibía, en la mirada de los otros, los reproches nunca dichos. Pero mientras sus amigas no le dieran la espalda, y nunca se la dieron, sentíase con las suficientes fuerzas para aguantar el chaparrón que había provocado. Cuanto más criticada y vilipendiada se consideraba, ganaba más enteros por la otra parte: los padres de los niños que atendía no salían de su asombro ni sabían cómo agradecer lo que por sus hijos hacía: creían vivir en un tiempo sin tiempo al que no encontraban explicación razonada. La chiquillería, apenas unos diez, no paraba de sonreír y cada carcajada infantil representaba para Ángeles Trinidad una página nueva y abierta en el libro de su vida.
Y aguantó con fe berroqueña.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27