Cuando Ángeles Trinidad descubrió el poder de la imaginación, ya no necesitó a nadie: se bastaba y gobernaba sola.
Bien es verdad que la buena salud y la juventud corrían a su favor. Pero gracias a la imaginación no solo aumentó la frecuencia lectora sino que con las clases que impartía a los niños de los empleados de la finca de La Milanera, diose cuenta de que la vida era esto: tener una meta e intentar llevarla a cabo. Por eso los años más felices, según contaría tiempo después al socaire del café con pastas, en la coqueta habitación del piano, fueron los más intensos; años en los que no paraba pues, tras su desengaño amoroso, intentaba luchar contra la pena y el tiempo; más que nada para no lamer sus propias heridas ni esperar en vano el regreso del navegante.
Y así dio sentido a su vida. Y la completó en la mirada infantil.





























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