Juan se despertó con suficiente tiempo. Era la boda de su hermano. Sacó del armario el atuendo de las ocasiones especiales: guayabera blanca, pantalón de lino, un sombrero vueltiao y los zapatos de su bisabuelo. Abrió las ventanas. La brisa entró al cuarto llevando consigo olores frutales. La guayabera le apretaba y el pantalón no le cerraba. Se tumbó en la cama, apretó el estómago y logró subir la cremallera, «por fin», pensó. Luego metió los pies en los zapatos «qué suerte, no me aprietan, carajo».
De camino a la iglesia, temió que se le reventaran los botones. Intentó mantener la calma y acarició su barriga redonda, como si estuviera recién inflada. Aceleró el paso. El cuello le picaba y sudaba. Sintió que lo perseguían. Escuchó risas. Una gota fría y espesa le cayó en la cabeza. Otra vez, risas. No encontró el pañuelo. Carcajadas. Miró hacía arriba. Vio tres palomas, que volaban en círculo encima de su cabeza. Intentó espantarlas con el zapato «¡malditas palomas!», risas. Burlas. Carcajadas. Una, lucía una sola pata, otra, tenía el pico rojo y el plumaje descolorido y la tercera llevaba un lazo blanco. Se palpó la cabeza. ¡Mierda, mierda! Espetó.
Verónica Bolaños




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27