A pesar de que el drago parezca atrapado, solo es un efecto visual.
Ocupa el drago parte del jardín de la casa del cura, en Arucas, y desde allí se proyecta no solo en la calle sino en la ciudad entera. Es una imagen recurrente. Y el drago, tan callado, reivindica su presencia desde la simpatía que emana. Además de embellecer el rincón que habita, es el testigo fiel y oficial de los acontecimientos religiosos. Si este drago hablara contaría innumerables detalles de las fiestas aruquenses, de las romerías con burros y de los sonidos verbeneros que llenaban el Parque de San Juan con extraordinarias orquestas. Y de las alfombras del Corpus. Y ahí sigue: con fe berroqueña mantiene el espíritu vivo de una ciudad que, a pesar de estos tiempos pandémicos, intenta levantarse cada mañana con el deseo de alcanzar la normalidad.
No pretende otra cosa.





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27