Yo no sé en qué consiste el secreto de la escritura; sí me atrevo a asegurar que es directamente proporcional al folio en blanco, donde el vacío es absoluto y respira con dificultad imaginativa: ni personajes, ni espacio, ni tiempo; ni estructura alguna, ni atmósfera a la que agarrarse: nada.
Algunos de los que modestamente nos movemos por estos senderos del escribir no lo hacemos con el ánimo del triunfo inmediato o el deseo de alcanzar el relato que nos encumbre más allá del Teide. Ni siquiera aspiramos al halago más o menos esporádico. Sencillamente, nos limitamos a iniciar un diálogo en el que un desconocido narrador nos introduce en la historia, como si a la vez también fuésemos nosotros mismos lectores voraces y críticos. Y continuamente nos sorprendemos mirando por la ventana, no solo para descansar de la pantalla electrónica, otra ventana, que también, sino con el afán de que la imaginación vuele en el aire, deslizándose delicadamente entre suaves nubes, intentando atrapar la peripecia que mueve y motiva a los personajes. Y que sacude, en el mejor de los casos, todos los sentidos. Sé que por las tardes las palomas de mi vecino colombófilo, que ha ganado unos cuantos premios, les regala la libertad para que en sus vuelos alcancen la felicidad vespertina. ¿Escribir es alcanzar la felicidad? Lo que sí les puedo decir es que, mientras escribimos, los dedos hablan palabras y susurros de querencias lejanas; incluso, a veces, logramos atracar, después de un tiempo a la deriva y de algún que otro naufragio, en una playa de los mares del sur, donde los viejos vapores espantaban a los lugareños con sus naves casi extraterrestres. Otra mirada.
Yo no sé cuál es el secreto de la escritura. Ni tampoco el de la lectura. Creemos que leyendo la tolerancia aumenta; sin embargo, también los nazis se consideraban unos grandes lectores y creían en el valor del libro. Lo que me parece una contradicción más del ser humano. No por leer nos hacemos mejores. ¡Para nada! A lo mejor escribimos para disipar futuros temores. Pudiera ser.
Sí sé que los veinte lectores de los que dispongo en esta sección de Infonortedigital.com vienen a ser algo así como un tesoro constante, perdido, eso sí, en islas lejanas y paradisíacas.
Por eso la imaginación llega tan lejos: islas que somos.
A veces, a la deriva!!
Juan FERRERA GIL





























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