Otra dimensión

Opinion

quicoespino2020Ver un telediario me resulta cada vez más deprimente. Miserias, desgracias, el desamparo de millones de refugiados sin tierra y sin hogar, mujeres asesinadas por sus parejas, inundaciones, desastres, tornados, la tristeza en los ojos de los niños que pasan hambre y la que produce ver a un montón de mujeres musulmanas encerradas en el burka, una especie de jaula que les impide mostrarse tal y como son.

Abrumado me siento cada vez que veo el noticiario que, por otra parte, suele ser bastante gráfico, no es parco en imágenes, y me da rabia que haya gente que no pueda actuar libremente por imposiciones de otros y que los machistas que se suicidan después de matar a sus parejas no se quiten la vida ellos, sin necesidad de arrebatársela previamente a sus novias o esposas.

¡Qué mal va este mundo, coño!, dije, un tanto afligido, cuando me sobresaltó, de pronto, el sonido metálico del whatsapp, que tintineó dos veces.

Se me pasó el desasosiego al ver que eran dos fotos preciosas de una niña de año y medio, la nieta de una amiga mía, que, en una de las instantáneas, se halla rodeada de instrumentos musicales de fantasía (“La niña orquesta”, tituló la abuela dicha imagen) y en la otra se la ve abrazando a una perra blanca, llamada Espuma, que mira a la cría con expresión maternal

La niña se llama Matilda, como la chiquilla protagonista del cuento del mismo nombre, escrito por Roald Dahl, en el que la infame directora del colegio, Mrs. Trunchbull (señora Tronchatoro), recibe un merecido castigo gracias a los poderes telequinésicos de Matilda, que la hace girar y girar, despatarrada, sobre un globo terráqueo, para luego lanzarla volando contra el suelo, en el que aterriza de barriga.

La malévola señora Tronchatoro se levanta a duras penas pero luego se va de allí como alma que lleva el diablo. Nunca más volvió y la historia acabó felizmente.

Y yo, que no he perdido la esperanza, o que tal vez me engaño para seguir esperando que el mundo se arregle algún día, me puse a elucubrar enseguida la manera de conseguirlo, como he hecho en algunas de mis novelas infantiles.

Me imaginé que, ya más grandita, Matilda, la nieta de mi amiga, se erige en heroína actual, emulando a la del cuento, y, con la fuerza de su mirada, manda a otra dimensión a toda la gente opresora y abusiva del planeta.

“Que vivan allí, a sus anchas, haciendo sus ruindades sin molestar a la gente buena”, dice la niña, una vez que ha conseguido establecer una sociedad en la que se respetan los derechos humanos, en la que no hay abusos de poder y donde nadie impone sus creencias a nadie.

No cuesta mucho arreglar el mundo con la imaginación.

Ojalá fuera tan fácil en la realidad.

Quico Espino



 


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