Mi casa y mis tres teniques

Opinion

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Nuestra casa, por muy humilde que sea, es algo más que unas paredes y un techo, es la que nos proporciona seguridad, protección, sentir en ella la familiaridad de nuestras cosas. También me refiero a nuestra casa cuando hablo del ámbito vecinal, del pueblo o ciudad en la que vivimos y hasta si me apuran, de nuestro país.

Empezando este pequeño relato tengo presente, con todo mi respeto y solidaridad, a las personas que no tienen hogar o que están esperando tenerlo algún día. De todos es sabido que tener una casa, un techo donde cobijarse no es un privilegio, es un derecho.

Yo me voy a referir de un modo particular a la expresión muy nuestra: “mi casa y mis tres teniques”; otros dirían “mi casa, mi castillo”, que viene a significar lo mismo: que no hay nada como estar en casita. Yo me quedo con la primera.

No hace mucho la oí de una persona de mi generación y, reflexionando sobre su significado, llegué a la conclusión de que nos pasa a todos, y más a los que vamos cumpliendo años.

Este desasosiego ocurre cuando pasamos varios días en casa de algún familiar, disfrutando muy a gusto, pero hay un momento en el que estamos deseando llegar a la nuestra.

También si vamos de viaje disfrutamos de tantas maravillas, del confort del hotel, de la buena gente... Disfrutamos, sí, pero cuando acaba nuestro viaje, nos entran unas prisas tremendas para preparar las maletas. Bendita magua la nuestra.

Dicen que la magua de los canarios, como de los gallegos el saudade, es el desconsuelo y la añoranza que se sienten por la lejanía del terruño. Este sentimiento demuestra el apego a la patria, a la gente, a la cultura y a un singular modo de ser.

No puedo afirmar que las generaciones actuales tengan los mismos afectos patrios, por eso de la globalización, y es comprensible, pero mi humilde opinión es que se va perdiendo identidad por este fenómeno.

También se dice que los canarios somos grandes e inquietos viajeros, que en cualquier parte del mundo se encuentra alguno, y qué alegría cuando se tropiezan varios que, aunque no se conozcan, se sienten hermanos, o cuando en algún lugar remoto de sabe Dios dónde, se oye un ¡chacho! o un ¡ay, mi niña!

Son canarios que volaron lejos, pero siempre retornan de vez en cuando por eso de la magua de “mi casa y mis tres teniques”. Son de los que echan un ojo a su casa, emocionados, y vuelven a alzar el vuelo. Quizá en alguna parte del mundo tienen un nido que les aguarda.

Llegamos a la conclusión de que el ser humano, ya sea por nacimiento o por adopción, hunde sus raíces en un lugar determinado llegando a formar parte del mismo, amándolo si encuentra los medios de subsistencia y la calidez propicia, creando en ella “su casa y sus tres teniques”.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina



 


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