Al fondo la ciudad se despereza en su pachorra isleña: lenta, expectante en la mañana que empieza.
A veces tiene la manía de desaparecer tras una nube enorme de polvo africano. Entonces, la capital deviene en un fantasma, como si hubiese explosionado un accidente nuclear. Si prestan atención a la imagen, inteligentes lectores, podrán escuchar el silencio de una ciudad llena de vida, de ruido, de coches, de gente variopinta que vive y deja vivir. Tiene su encanto la ciudad. Y siempre con el deseo de atrapar, en cualquier sentido que queramos interpretar.
Las grandes ciudades son así. Y no hay más.






























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