Mirando el fuego
Hechiza a quien lo mira. Quienes fijan la mirada en las llamas, o en las brasas cuando el fuego se está extinguiendo, se fascinan, se embelesan por el embrujo en el que el fuego les envuelve.
Es lo que les ocurre a los niños que aparecen en la imagen que ilustra este relato. Se han dejado seducir por el fuego de una pequeña hoguera que ellos mismos hicieron. En la expresión de sus caras, contemplativa la mirada, absortos por completo, se podría leer que para ellos no existe nada más en ese momento, sólo el resplandor de las llamas que les da calor en la noche y que alumbran sus caritas y sus cuerpos infantiles.
Parece una pintura.
Previamente, mientras se ponía el sol, se habían acercado, junto con sus padres, hasta un bosquecillo de tarajales, cercano al Charco de la Paloma, y habían cogido palos y hojas secas, trozos de caña y puñados de escamillas de madera que se metieron en los bolsillos.
Con velas encendidas prendieron la hoguera cuando ya era de noche.
Luego, antes de que el fuego les cautivara, habían comido unos bocadillos riquísimos preparados por sus padres y habían tomado zumo de fruta natural.
Se oyen el rumor de las olas, las cuerdas de una guitarra, que el padre toca, y la voz acompasada de la madre, que canta un poema que Lorca le escribió a la luna:
“La luna vino a la fragua con su polisón de nardos”…
Crepitan las llamas en el aire al compás de la melodía. Los niños se dejan llevar por la música que suena y, juguetones, en armonía, se levantan y bailan alrededor del fuego, tarareando cánticos que suenan tribales. Los padres se suman a lo que parece un ritual y los cuatro se cogen de la mano y danzan como si estuvieran encantados.
Después se sientan a contemplar el fuego. Llega la brisa del mar y los niños se acercan a la hoguera para avivarla y para mitigar el frío. Uno lleva un mechero, el otro una vela, y mientras azuzan las llamas se les va la mirada y se quedan prendados.
De la expresión de sus caras, de sus inocentes caritas, se desprende que son niños felices. Tienen comida, el cariño y el cuidado de sus padres, la escuela, amigos con los que juegan…
Aunque de antemano sé que es una utopía, ojalá todos los niños del mundo corrieran la misma suerte. Una maravilla sería verlos tan abstraídos y felices como los dos hermanos que están mirando el fuego.






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152