Las Olivas

Opinion

lasolivaPaso a menudo por delante de la casa de mis tíos abuelos, ahora cerrada y abandonada, y no dejo de recordar aquellos días felices de mi niñez. Me llena de tristeza. Es como si esa casa llorara la ausencia de sus moradores, ya muertos, y quisiera morir también ella.

Allí quedó impregnado en sus paredes, en sus cuartos, en la tierra donde dejaron su sudor, el modo de vida de pequeños agricultores que transcurría plácidamente anclado en el pasado.

Conocí a cuatro de ellos, tres mujeres y un varón, todos solteros, salvo una separada. Pasaban de los setenta pero seguían trabajando en su medio de vida: su cachito de plataneras, pues no necesitaban más.

Eran autosuficientes y poca cosa compraban, como aceite, azúcar, café...

Hacían pan de millo, tenían una vaca y varias cabras; tenían asegurada la leche y el queso, papas, verduras, fruta, huevos de sus gallinas…
De vez en cuando se mataba un pollo y por temporada un baifito.

Siempre recuerdo las gallinas sueltas con una pata atada a una alpargata vieja, para que no se echaran a volar. La ropa, zurcida y remendada, les duraba una eternidad. No iban a ningún sitio, y guardaban sus ropas buenas, pasadas de moda, “por si se ofrece”. Yo creo que se referían a los duelos de sus coetáneos, muy frecuentes, o cuando había que resolver algún asunto legal relacionado con sus tierras.

Los chiquillos éramos siempre bienvenidos. Nos obsequiaban, después de subir de los huertos hartos de higos, moras y nísperos, con un cochafisco, ese rico y popular tueste de millo tierno, pequeñas batatas asadas y también con “chupos de caña de azúcar.

Eso sí, en nuestras correrías por la finca no podíamos pisar los camellones, donde crecía el millo y las judías. Otra de las condiciones era que no saliéramos después del almuerzo, sino durmiéramos la siesta como ellos, que se levantaban a la cinco de la mañana. Ponían una estera de caña en el zaguán para nosotros. Eso era lo más aburrido.

Cada uno de ellos tenía su personalidad.

Allí estaba Severa, amonestándonos con cariño cuando corríamos como locos por todos lados, cuando nos subíamos al “farroguero” o nos asomábamos, temerosos y con curiosidad, a la cueva de los “antiguos,” que estaba “maloficiada”, como decía ella.
En nuestra ignorancia no le dimos la importancia debida. Esa cueva fue destruida y hoy en día está sepultada.

Recuerdo ver a Severa con falda negra, rucia ya, hasta los tobillos, blusa de un color poco definido, delantal a cuadros, pañuelo atado al quejo y tocada con un sombrero de hombre. En su mano, un pequeño cuchillo de desflorillar. A mí me parecía escapada de un grupo folclórico.

Censión era el alma mater. Llevaba las cuentas y trajinaba con abogados y procuradores por asuntos de linderos o rescate de algún cacho de tierra hipotecado por alguna cabeza loca de la familia. Se vestía con su modelito arcaico y la mantilla negra y se iba hasta Guía caminando.

Era la única que sabía leer y escribir, y además confeccionaba la ropa de todos. Guardaba metros y metros de lienzos diferentes comprados hacía ya una eternidad, siendo de principios del siglo XX los diseños de sus vestidos, sus delantales, las blusas que ellas llamaban “paletó”, las camisas y calzones de Paco y sus inconfundibles calzoncillos largos.

Paco era muy dicharachero y afectuoso, y siempre decía “¡Adiós, vecino!” a la gente que pasaba, cuando se sentaban los cuatro en el murillo de su casa a la fresca. Incluso saludaban a los coches que pasaban.

Paco lucía un bigote con guías, amarillento de fumar, y un sombrero ladeado de conquistador. Recuerdo verlo en el patio, liando el taco de hoja de tabaco, muy apretado, del manojo de hojas que ponía a secar en la escalera.

Luego sacaba el cuchillo de su cintura e iba recortando con cuidado, haciendo que las hebras cayeran en la palma de su mano, mientras pendía de su labio inferior el papelillo de liar; y todo sin dejar de hablar. Lo encendía con un mechero de cordón, de esos de chispa. En los escalones de la escalera se ataba las cintas de los calzoncillos.

Yo lo miraba absorta.

¡Cuántas veces nos llevaba en su burro al Palomar! Allí tenían unos “manchones”, así llamaba a una zona de pasto. Iba a coger hierba para los animales y de camino unas botellas de agua agria de la fuente, que colocaba en una caja. Los chiquillos, al regreso, lo hacíamos a carrera abierta porque sabíamos que nos esperaba la merienda: plátanos con pan de millo y una escudilla de leche con gofio.

Encarnación era muy alta y derecha, delgada, vestía de canelo y negro, usaba bastón a causa del atropello de una bicicleta que la dejó cojeando. Era una mujer muy cariñosa, que nos cuidaba cuando éramos chicos y mi madre tenía que ausentarse.

Nos encandilaban y sobrecogían sus cuentos de brujas. Se casó ya madurita con un viudo, descubriendo, poco depsués, que era un machista maltratador cuando un día le dijo que tenía que castigarla para tenerla sujeta en el matrimonio, o sea, para él: pura rutina conyugal. Lo decía esgrimiendo un palo.

Ella, calladita la boca, cogió una silla y se la rompió en la cabeza; acto seguido arrancó con sus cosas personales y se marchó, dejándolo en el suelo con una “coneja” en la frente y boquiabierto por la sorpresa. No lo quiso más nunca. Fue la admiración de todas las féminas de mi familia y de muchos hombres.

¡Mis queridos viejos!

Nunca visitaron al médico, se curaban con hierbas y con algún que otro rezado. Fueron ellos los que paliaron las penurias de muchos de los nuestros, y de otros, en aquellos años de la posguerra. Esos otros fueron los que ayudaron a ahuyentar la plaga de langostas que arrasaron sus cosechas en los años cincuenta.

Murieron con más de noventa años, tranquilitos y bien acompañados.

Texto e ilustración Juana Moreno Molina


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