Dicen los entendidos que Carmen Laforet “convierte en extraordinaria la vida ordinaria”.
Mirar alrededor, ver lo que nos rodea, trascenderlo, añadir, quitar y darle otras tantas vueltas: ¿acaso no es eso lo que sucede en las novelas? Claro que el valor está tanto en la historia que se nos propone como en la manera de contarla: estilo se llama. Tengo para mí que son tantas las historias que se escriben que creo que la mayoría de ellas, acaso todas, aunque sean mentiras, tienen la realidad como referente. Porque “la mentira literaria” está permitida y adquiere tantas formas distintas y nuevas como los personajes de Mortadelo y Filemón, a los que “continuamente les pasan cosas”. Decía Manuel Vicent que “el tiempo pasa más lentamente cuando nos pasan cosas, como ocurre con los niños”. Por eso el tiempo vuela cuando nos quedamos a medias, mirando a los celajes sin actuar. Aunque les digo que “mirar a los celajes” también tiene su aquel.
En fin, hay momentos y momentos. Y si Carmen Laforet literarizaba la vida cotidiana sus razones tendría. Ello, en cualquier caso, no le resta valor alguno ni a sus novelas ni a sus artículos.
Gracias a su especial mirada los lectores hemos aprendido.
Y, aún hoy, continuamos aprendiendo.
Así el tiempo discurre por el camino de la lentitud. Que no está nada mal.





























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