¡Ay, la humanidad!

Opinion

carolinaperez“Preferiría no hacerlo” es rebelarse serenamente, es creer en otras posibilidades.
 La impertérrita frase del personaje principal en “Bartleby, el escribiente”, seguramente es un deseo compartido por una gran parte de la humanidad que se pretende crítica, pero probablemente esté tan institucionalizada que opina y actúa de manera prosaica, quizá porque la oficialidad tiene la costumbre de cegar la mirada, consigue entrecortar la respiración más rítmica y sana que podamos tener y no nos deja salida para poder decir a pleno pulmón: “Preferiría no hacerlo”.

Sin embargo, este personaje no sólo nos ayuda a replantearnos la eterna dialéctica de deberes y derechos. Sus actos nos con-mueven, su personalidad nos mueve de lugar, nos presenta otros caminos y enfoques del modus operandis de la sociedad en la que vivimos y nos obliga a pensarnos.

"¡Ay, la humanidad!" concluye esta obra, pues Baterbly trabajó durante años en una oficina encargado de ubicar las cartas muertas (las no reclamadas), las que nunca tuvieron su momento de acción ni llegaron a su fin, como si hubiesen perdido ese delicado y silencioso momento que nos brinda la vida en forma de oportunidad para que de manera consciente podamos realmente apostar por vivir, rebautizarnos en la adultez desde una decisión propia y como un acto maduro, es decir el compromiso con uno mismo.

Bartleby encaja perfectamente en el temperamento melancólico-flemático. Su tristeza exacerbada lo arrastra a una flema tan densa que termina en el estar contemplativo, hasta que este no hacer le consume el ser, por lo que su elección es ésa, la de no hacer. 

Él apuesta por la pasividad. De hecho se le ha descrito como «una tuerca del engranaje que prefiere no seguir ejerciendo su función». Y precisamente ahí está su revolución y su mirada crítica a lo absurdo de un sistema que intenta uniformar las diferencias naturales, una empresa imposible.

Bartleby se abandona. El sistema lo ve como un vagabundo; no es útil porque no actúa cómo el sistema desea y por tanto va a la cárcel.

¿No presenta este hecho paralelismos con lo que llamamos “fracaso escolar? ¿Es realmente fracaso del escolar o fracaso del sistema? Sin duda para el sistema es más fácil que todos seamos iguales porque somos muchos en la institución, mucho ganado en la educación pública para poder atender y aplicar con éxito las medidas de la diversidad existente en nuestras clases. Esto quizá sea otro cuento y otra lucha, aunque todas son las mismas batallas sociales que solemos percibir como utopías y por tanto no las ejecutamos.

Seguimos arrastrando ciertas miserias, adaptándonos a “lo que hay”. Parece que Bartleby no quiso agarrarse a “lo que hay” y lamentablemente opta por la última de las soluciones: se deja morir por inanición.


Cuenta Elisabeth Kübler Ross, la psiquiatra y escritora experta en procesos de “vida-muerte-vida” que la mayoría de los humanos refieren como el mayor arrepentimiento de sus vidas el hecho de no haberse arriesgado. “Preferiría no hacerlo” nos convoca por un lado a un hacer libre, nos lanza al abismo, nos permite arriesgar y desafiar los mandatos externos. Pero por otro lado, “preferiría no hacerlo” conecta también con la pereza, uno de los pecados capitales y nos puede arrastrar a la eterna inactividad, esa que bloquea las fuerzas creadoras, entre otras cosas.

Sin creatividad uno no puede respirar, porque crear es un acto social, el bebé necesita crear su mundo para vivirlo y lo hará a través del vínculo con su entorno. La creatividad está sujeta al vínculo pero Bartleby se siente incapaz de relacionarse con los demás, es muy reservado, muy teórico y solitario. Lo que sabe se lo guarda para sí, no logra compartirlo porque se ha dibujado en exceso en esa rigidez del rasgo.

Su eneatipo cinco le pesa y lo consume sin recibir contraataque alguno de su verdadero yo, quizá porque tras muchos años de un trabajo de mecanismo estímulo- respuesta ha perdido la capacidad de oscilar entre los diferentes yo que hay en él y el falso yo ha tomado las riendas.

¡Ay, la humanidad! ¿En qué momento perdemos la capacidad de jugar o de hacer vida cultural?
Yo confieso que en ocasiones tampoco entro en acción, prefiero evitar los conflictos,
no entiendo por qué batallar tan acaloradamente, pues la vehemencia me agota. Sin embargo, resuelvo lo mío a mi manera y sé sacudirme las miserias como el perro que sale del agua.

Me muevo y ocupo mi lugar, quizá porque mi alma habla muy claro y escucho bien todos los yoes que me habitan. No obstante, a veces, preferiría no hacerlo.

Carolina Pérez


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