Maricón el último
Mi nombre es Manuel o Manuelito como me llamaban mi familia y mis amigos de siempre.
Algunas de las personas que conocí en el colegio y otros muchachos del barrio, decidieron que al nombre le venía muy bien la coletilla de “Manuelito, el maricón”. Recuerdo mi primer día de instituto. Imagino que todos lo recordamos.
Me encontraba nervioso, claro. Imaginen salir de un colegio de pueblo para encontrarse con otra gente que provenía de otros centros; a cualquier preadolescente le hubiese angustiado, o al menos, removido un poco. Yo, además, sumaba amaneramientos y un gran gusto por los chicos, pero no hacia todos los chicos, como vilmente se comentaba entre los más “machitos” del barrio.
Desde ese momento mi vida se convirtió en un infierno.
¿Y qué había hecho yo salvo ser yo? Nunca llegué a entender qué rabia o incultura existía entre los insultos, tacos, depravaciones y vejaciones que sufría. Evidentemente me aliaba con las chicas del centro escolar. De alguna manera, éstas, también despreciadas en cierta forma por el patriarcado que luego entendí que se encontraba fijado y establecido en cada columna que sostenía esta triste sociedad, habían generado un rol protector contra aquella locura.
Hablo del año 2000, ni siquiera está tan lejos. Veintiún años después, como si hubiese retornado a aquel entonces, me hallo muerto. ¿Cómo podía saber que los insultos de entonces vendrían a ser los verdugos de ahora? ¿Cómo iba a saber que los niños de los que me escondía porque el juego así lo requería serían mis asesinos? ¿Cómo imaginaría un chico/a, que por el simple hecho de que le gustase su mismo sexo sería condenado a muerte? ¿Cómo se explica que se involucione hasta tal punto? ¿Cómo ha pasado? ¿Cómo?
Preguntándome el porqué había recibido críticas en mi perfil de la red social por excelencia, incluso llegando a la censura de alguna que otra imagen subida, risas al verme caminar, miradas acusadoras y un sinfín de vejaciones más, comencé a caminar en busca del garito de turno para tomar una cerveza a la salida del trabajo. Quince minutos después, me encontraba asesinado bajo el nombre de “maricón”.
“Homosexual, gay, maricón, invertido, afeminado, sarasa, palomo”, yo me lo guiso y yo me lo como. Como ven, una amplia red de adjetivos, de los pocos que aprendieron mis asesinos en el colegio pero que bien supieron utilizar en una frase subordinada, aunque jamás superaran un examen de lengua.
Adjetivos que no adjetivan sino desprecian; que matan; que cavan tumbas; que tiran tierra; que sepultan, dejando el aire contaminado de un hedor de vergüenza e instaurando una sociedad de mierda.
Raquel Hernández Sánchez






























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