Nombres
Los nombres, ya saben, hablan de las personas, de las cosas y de las distintas situaciones en las que nos vemos envueltos. Y siempre están de actualidad, aunque no prestemos atención. Verbigracia:
El presidente de Cataluña, independentista él, se apellida “Aragonés”, lo cual no deja de ser significativo. Y, hasta cierto punto, una contradicción, que sobrelleva a su manera. O sea, mal.
Rocío “Monasterio”, esa mujer que suelta serpientes envenenadas cada vez que habla y que lleva en su cara dibujado el desprecio, tiene un apellido que no dice nada de ella, pues, la verdad, su “convento” es blanco blanquísimo y, además, no pertenece a este mundo.
“el padre Báez”, esa persona que tiene la profesión de “cura”, y la ejerce desde hace años con soberbia desmedida y desbocada lengua, desde un púlpito natural, se le antepone a su apellido el sustantivo “padre”. Lo cual no es solo un disparate sino que, además, no tiene ni idea de lo que eso significa y conlleva. Se dice que “por la boca muere el pez”. Y, en este caso, no solo se ha desmelenado sino que el norte ya no sabe dónde queda.
Jordi “Sánchez”, ese nacionalista catalán que dirigió la Asamblea Nacional Catalana, lleva el mismo apellido que el presidente del gobierno. Y estamos seguros de que no le gusta nada: “Sánchez” resulta muy castellano o español o como se diga.
“el comisario Villarejo” es ese hombre grueso, incluso con las palabras, que se esconde tras un portafolio en el que lleva las facturas de la luz, parece uno de los antiguos cobradores de recibos que iban de casa en casa intentando que les pagaran. Y, qué casualidad, “Villarejo” es un pueblecito de La Rioja, en el valle del río Tuerto: bueno, no sigo: está claro. Lo de “comisario” no le pega mucho, la verdad: tiene la pinta de un espía español trasnochado, casi berlanguiano, a destiempo y obsesionado con las grabaciones permanentes. Otro que también “muere por la boca, como el pez”.
“VOX”. Antes, en mis tiempos, fue el nombre de un diccionario, donde las palabras significaban de verdad y estaban a disposición de todos. Ahora es el nombre de un falso partido, de unos gandules impertinentes que escupen odio cada dos por tres. Merecen su ilegalización.
Estos personajes tan variopintos subidos están permanentemente en un pedestal, gozan de la habilidad para interpretar la realidad sin sonrojarse ni una sola vez y, además, andan “a la porfía, con la idea tuya sobre la mía”, en acertadas palabras del Salinero del Janubio, Víctor Fernández Gopar.































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