Mi compañera de piso
¡GUF! Otro nuevo día. Me encuentro acostado en el sillón de la terraza ¡Siempre la misma rutina! Que no se me interprete mal, no seré yo quien ponga pegas a la rutina, reconozco que me encanta.
La persona que vive conmigo ya ha encendido la luz de la habitación. Normalmente se demora un poco en levantarse de la cama, realmente no sé qué es lo que hace. Después viene el aluvión de sonidos: ruido de algo que parece agua; choques estridentes de objetos; algo que parece estar calentándose, y, posteriormente, el ruido que hace la puerta cuando mi compañera decide abrírmela.
Siempre se entusiasma cuando me ve. Yo intento corresponderle para que no se sienta mal. Me habla como si fuera idiota y eso sí que no lo entiendo. Aún con todo, agradezco que me tenga tanto en cuenta. Me acaricia, me llama guapo y me comenta a diario que soy lo más que quiere.
A continuación, salimos a pasear. A menudo va con mala gana y tira de mí cuando me paro a olisquear ¡Encima que la acompaño va con prisas! ¡A esta mujer no hay quien la entienda! Y no, no es en eso solo en lo que no se aclara. En ocasiones, me dice que me suba al sillón para jugar con ella; en otras, no me permite que me suba.
¡Si al final será cierto eso de que las mujeres tienen que venir con una hoja de instrucciones!
Si hay algo de lo que tengo que quejarme es de la comida. ¿Qué mierda es esa de los granos? Y oye, que, si uno dijera que es un día, lo puede tolerar, pero todo el tiempo comiendo esa cosa insípida…luego ella, la muy egoísta, cocina platos de múltiples olores y sabores, lo sé porque alguna vez he tenido que tragarme mi orgullo y ponerme muy cerca, haciéndole ojitos para poder probarlo.
Desde que llegué a esta casa y descubrí que mi compañía era útil para ella, no he cesado en mis intentos de que me tome por un igual. Me acuesto a su lado y procuro molestarla lo menos posible; en ocasiones, le limpio la basura que guarda en una bolsa metida durante días en un cubo. Intento colaborar en casa y aun así se pone como una loca cuando lo hago.
Aunque ella es algo extraña, se ha creado algo mágico entre nosotros. En los días tristes, me acerco posando mi cabeza sobre sus piernas; ella dibuja una sonrisa amplia, se acurruca en mi panza, me mira a los ojos y es ahí cuando sucede el milagro: entendernos sin mediar palabra. Y es en esos momentos cuando caigo en la cuenta de que me necesita tanto como yo a ella.
Raquel Hernández Sánchez






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152