Después de un tiempo fuera de juego por motivos personales, vuelvo al ruedo de los artículos y lo hago con un tema que, tristemente, está muy de actualidad. Le llaman violencia vicaria, y es el tipo de violencia que un progenitor ejerce sobre su descendencia con el único fin de hacer daño a su ex pareja.
Canarias y España continúan horrorizadas por el asesinato a manos de su padre de Olivia y Anna, las niñas de Tenerife. Durante los días que en las que se las buscaba, juro que pensaba “no será capaz de matar a sus hijas”. Sí, sé que ha habido otros casos, pero, quizá por cercanía geográfica o por no sé qué extraño sentimiento de fe, creía que Tomás Gimeno, no lo haría.
Estaba convencida de que las pequeñas aparecerían sanas y salvas. Que volverían a los brazos de su madre. Pero no fue así. Una tarde estaba merendando con mi mejor amiga y vimos la noticia: encontraron el cuerpo de Olivia. Fin de la esperanza.
Se acabó. Había sido capaz. Este ser, porque no merece ser llamado hombre, había acabado con la vida de sus hijas con el único fin de hacer daño a su ex mujer y madre de las niñas.
Pero, ¿acaso no eran también sus hijas? Sangre de su sangre. Pienso si no le tembló el pulso, si no se planteó otras opciones, si no se le rompió el alma al mirarlas a los ojos…
En paralelo a esta noticia, saltaba también, aunque con menos repercusión mediática, la muerte de Yaiza, una niña de cuatro años a quien mató, en esta ocasión, su madre. ¿El motivo? El mismo: hacer daño a su ex marido. ¿Pero es que no te dolió parirla?
Sé que no son los primeros, aunque espero, desde mi ahora quebrantada esperanza, que sean los últimos, casos de este tipo de violencia. Porque los niños deberían ser intocables.
No entiendo que, una pareja, decida formar una familia y cuando todo va mal, se hagan daño matando al fruto de sus entrañas. En mi cabeza no cabe.
Y hace que muchas veces me plantee si quiero traer hijos a este mundo lleno de maldad.
Que descansen en paz Olivia, Anna, Yaiza… tantos otros ángeles que nunca debieron irse de este mundo tan pronto ni a manos de aquellos que, se supone, tenían que protegerles de por vida.
Zeneida Miranda Suárez





























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