La playa de mi infancia
Recuerdo los días en la playa durante los veranos de mi infancia, en los que miraba mar adentro, intentando vislumbrar lo que el horizonte deparaba. Las gaviotas revoloteaban por los cielos, el mar olía a pescado, y llegaban atisbos de gotas de salitre que se impregnaban en mi holgada vestimenta.
El viento, fiel amigo de la playa de mi niñez, atacaba los habitantes de mi pueblo y lanzaba con furia la arena sobre nosotros, obligándonos a no tocarla, no habitarla, no pisarla. Deseaba ser libre, formar parte de aquel todo que era imprescindible, precioso tal y como se encontraba.
Los niños y niñas pasaban horas jugando en esa inmensidad. El mundo hecho desierto, consagrado de la salada agua que hacía bien en los días en los que el calor, como un verdugo, apretaba.
Nuestros padres, niños que decidieron crecer, llegaban a la playa cuando comenzaba a atardecer para indicarnos que el juego ya se acababa, que entráramos en la casa, que la merienda estaba servida y que mañana sería otro día.
Los niños, descargados de energía, pero rebosados del entusiasmo que luego perderían, entraban cabizbajos, montando pataletas y llorando, hasta caer exhaustos, rendidos…
Recuerdo con añoranza la simpleza y despreocupación de aquellos momentos que hoy parece que nunca sucedieron. Cuando deseabas ser mayor para tomar decisiones, desconociendo que la toma de las mismas sería lo que te complicaría la vida.
Qué sencillez la de esos tiempos en los que volabas con el viento, siendo gaviota y no cometa, atada por sus hilos a esta tierra.
Raquel Hernández Sánchez






























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