¡¡¡Ahí está, ahí está… el Parque de San Juan!!!
Plantándole cara al tiempo y protegido por el entorno que, además de engrandecerlo, lo convierte en humilde y abierto a todas las miradas. Por eso los viernes por la tarde es un hervidero de niños que juegan y juegan, de padres jóvenes que llenan las terrazas y de incipientes adolescentes primerizos que estudian al sexo contrario en todas sus variantes. Es el bullicio y la algarabía que cada viernes señala el inicio del fin de semana, aunque esta pandemia haya conseguido retraernos durante demasiado tiempo.
Sin embargo, el Parque de San Juan tiene ofertas variadas. Por las mañana, por ejemplo, se convierte en lugar de paso, preferentemente, y también, pero menos, de lectura atenta y detenida en el silencio apenas alterado por el tráfico. Desde la posición omnisciente que el fotógrafo ha obtenido para captar la imagen, el poder es casi total. Es verdad que, en esta ocasión, no hay nadie en la temprana hora dominguera. Pero así también el parque tiene su aquel.
Sin embargo, tengo para mí que el bullicio que llevo dentro es el de la infancia.
Que siempre es el mismo, pero en otras vidas.






























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