Lavando ropa ajena
Algunas mujeres que atraviesan penurias pretenden resolver su situación y caen en una trampa peor. Fue lo que le pasó a Lola, a la que conocí en los penosos años cincuenta.
Era una mujer joven, morena, de mediana estatura y una cara no muy agraciada, pero muy trabajadora. Apenas había ido a la escuela, no podía permitírselo, pues desde muy chica tenía que ayudar al sustento de su familia, de numerosos hermanos, lavando ropa ajena en los lavaderos del Drago por una mísera paga.
Tenía que madrugar para coger un buen sitio, ya que la acequia que transcurría por esa calle llevaba el agua más pura y limpia que salía de la Cuarta y llegaba hasta los estanques de Los Llanos, donde se cultivaban plataneras.
El mejor sitio era la cabecera de la tronera. Allí casi todos los días había mujeres lavando, pues eran pocos los hogares que tenían agua corriente. Recuerdo verlas de rodillas sobre un saco de arpillera doblado, un delantal, también de arpillera, y un gran sombrero de palma bajo el pañuelo que enmarcaba sus caras. Sus alegres trajes daban un toque de color. A su lado las palanganas repletas de ropa, blanca, de colores y sobre todo negra, señal de incesantes y duraderos lutos.
Lola siempre estaba renegando de su suerte, de sus sabañones y de sus dolores de rodillas, y su sueño dorado era casarse. Le parecía que casándose remediaba todos sus males, por eso guardaba una parte de lo que le pagaban para su dote. No obstante aún no le había salido novio, aunque iba a las verbenas de las fiestas del pueblo y a la del 18 de Julio, donde se encontraba todo el pueblo.
Un día de San Isidro, en la fiesta, se le acercó un muchacho de un barrio cercano y le pidió dar una vuelta. A ella le gustó y quedaron por verse otro día. Por lo visto el muchacho trabajaba en una finca cercana y según le dijeron era muy formal.
Ella empezó a hacer planes de boda y engolosinó tanto al muchacho que al poco se casaron y fueron a vivir a la casa de los padres del novio, dónde además vivían dos cuñados y una tía mayor.
Pasado algún tiempo la volví a ver lavando en los lavaderos de Becerril. Me paré hablar un rato con ella y preguntarle por su casamiento. Con pesar me contó que maldita la hora que se le pasó por la cabeza eso de casarse, porque seguía pegada a la acequia y ahora, además, lavando la ropa de sus suegros, la de sus cuñados y la de la tía. ¡Y sin paga alguna!
¡P. vida!
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina






























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