La cantonera del parque luce en todo su esplendor.
Ahora es casi un pequeño estanque, depositario de las plantas que alegran el lugar y que, en su contraste con la piedra de cantera, se ofrece a la contemplación del visitante. Algunos ya ni siquiera la perciben. En cambio, otras personas no dejan de admirar su disposición, su distribución y, sobre todo, la importancia que tuvo en su momento de incansable ajetreo cotidiano.
Pero, no, la cantonera no está muerta. Hoy se presenta con más tranquilidad en el acompañamiento a la ciudad que la acoge. Y sabe que su tiempo no ha terminado. Todavía tiene mucho que ofrecer y decir a quienes quieran escuchar.
De momento, y muy modestamente, nosotros ofrecemos esta imagen, como si se tratara de aquel primer paso en su devenir existencial.






























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