Los amantes del aire
Bueno, bueno, ¡ya es lo que me faltaba! Dos tortolitos sentados en los ínfimos asientos del avión y, para más inri, delante de mí. El que está a mi lado permanece vacío. No solo en la vida viajo sola.
¿No debería estar prohibido por ley que las personas solteras tengamos justo delante a una pareja de enamorados? Que si besito, que si arrumaco, que “si yo te quiero más, no, yo te quiero más, tonto…” ¡Un fastidio, vamos!
Que sí, que estamos de acuerdo: el amor, sobre todo en sus inicios, es maravilloso, pero cansino para los observadores, al menos lo es para esta observadora.
La magia que se crea, ese halo de felicidad que sobrevuela, llenando de flores cada pasito que dan los amantes y esas mariposas de colores que revolotean pasando desde sus estómagos hacia sus corazones, dejándolos en el estado de “alelamiento” permitido.
Precioso, digo sarcásticamente y con notable envidia.
No me podrán negar que veinte minutos aguantando nubes en forma de corazones y conversaciones de planes de futuros inciertos, no hay oídos que los aguante ni ojos que los resista.
Mientras tanto, mi mantra se ve entorpecido por las ondas que el amor transmite, intentando crear barreras que impidan que dicha bacteria consiga perjudicarme, pero… luego lo vi a él, el hombre de mis castillos en el aire, y todo cambió de repente.
Raquel Hernández Sánchez






























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