Hijos de la tierra
Pertenecemos al mar inmenso, mar profundo y misterioso, lleno de vida, cuyas olas nos transportan a otros mundos y, en la noche, su rumor, como una canción del agua, nos mece, nos adormece, y nos lleva al reino de los sueños agradables.
Pertenecemos al desierto, cuya soledad consuela nuestra propia soledad.
Grita el viento. De su boca brotan montañas de arena. Serpientes y escorpiones se esconden bajo las dunas.
En el horizonte, cual espejismo, asoma un oasis iluminado por el resol que se refleja en las hojas de las palmeras.
Pertenecemos al cielo, a las estrellas, al sol y a la luna, al universo infinito en el que navegamos todos, dando vueltas y más vueltas, como las que da la vida.
A las montañas y valles, a barrancos y praderas, a los ríos y glaciares, a las nubes (en las que a veces tenemos la cabeza), a las selvas salvajes, a los volcanes…
Somos hijos de la Tierra. Ella nos parió, nos dio el aliento y el alimento. A ella pertenecemos.
































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