Ahora que la calle ha convertido en norma el silencio, ¡quién nos lo iba a decir!, hemos de bajar también el volumen en casa. Como el ruido ambiental, otra manera de contaminación, está bajo mínimos, no estaría nada mal que aprendiéramos a navegar con el arrullo del silencio. Con él, la mirada se agudiza, y, desde la azotea, divisamos las calles casi calladas y el ritmo alocado de días anteriores se ha desvanecido por el sumidero de la enfermedad contagiosa. Solo el repartidor de agua hace ruido, que ahora se ha convertido en agradable: al menos alguien llama a la puerta.
De lo que se infiere que el ruido tiene su aquel y, en ocasiones, viene a significar que la vida sigue. Claro que hay ruidos peores y preocupantes: ambulancias y bomberos nos ponen los pelos de punta y afianzan los pies en el suelo, como señal de que la vida se puso en marcha tiempo ha. Igual que la lectura de un libro. El gesto de abrirlo y cerrarlo, cosa que no tienen los dispositivos electrónicos, viene a ser la señal de que la vida continúa: abrir y cerrar es más que un gesto; es un detalle que nos une a otros lectores y que define los actos cotidianos: siempre estamos tomando pequeñas decisiones: descubrir y clausurar acontecimientos. Claro que algunos de ellos, quizás los más frecuentes, son pequeños y actuamos sin darnos cuenta. ¡Y menos mal! Otros, en cambio, por su enjundia requieren discreción y análisis.
A pesar de que la calle ahora esté sola y vacía, volverá a surgir de sus cenizas con lo bueno y con lo malo. Somos tan olvidadizos que, en poco tiempo, seguiremos actuando como siempre y, lamentablemente, volveremos a respirar un aire más contaminado: el precio a pagar.
Sin embargo, como dijo Pedro García Cabrera, “la esperanza me mantiene”.
Y en ese convencimiento…
¡regresarán los días azules acompañados de la alegría!





























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