Vidas de altura
Desde el avión se puede percibir la calma que te da la distancia, el aumento de los miedos y el recuerdo de los seres queridos. Desde las alturas soy jodidamente más lúcida, no sabría decir si por la falta de oxígeno o por el exceso de aire acondicionado.
Me detengo a observar a las personas que, sentadas en cada uno de sus asientos, (cuidado con equivocarse en estos momentos de pandemia) mantienen conversaciones con sus parejas, amigos, colegas de trabajo o, incluso, con desconocidos, y me gusta imaginar el tipo de vida que tienen según sus vestimentas, joyas o maneras.
A mi lado se encuentra una chica a la que se le va transformando el rostro, desde el miedo al alivio, en función del meneo del avión. Asustada, se agarra la cabeza y se seca el sudor de la frente con cada sacudida, ¡que no son pocas!
Según mi clarividencia dañada por la altura, dicha joven parece tener miedo a no llegar, pero dudo que sea por aterrizar sin vida o porque cree que no va a poder acudir al encuentro con su chico/a, alguien a quien ansía y necesita ver.
Seguramente, habrán pasado fases (ahora el tiempo se mide de esta manera) separados, juntos solo a través de las video-llamadas que han inventado para estar híper conectados, creando una ilusión de la realidad, viéndose sin estar presentes, y anhelando el sentido del tacto que ahora es simplemente un recuerdo.
La chica mira el reloj de su móvil entre 6 y 10 veces por minuto. Al finalizar el vuelo habrá cogido su teléfono unas 160 veces, tirando a la baja.
¡Qué necesidad de controlar el tiempo! Como si mirándolo pasara más rápido; como si vigilándolo pudiéramos hacerlo nuestro.





























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