Desde que prohibieron aparcar, la calle no solo ha respirado sino que, además, ha recuperado su sabor, su olor, su ritmo y su principio. Parece ahora, incluso, más grande.
Al mismo tiempo que los vehículos se han esfumado, las fachadas han recobrado la personalidad escondida y, al recuperar el diseño arquitectónico, y su maravillosa perspectiva, nos percatamos del valor de lo histórico al mismo tiempo que la extraordinaria importancia de la sencillez de las formas renace. Recuperar la calle en su verdadera dimensión, humana y como canal de comunicación, es, además de confirmar una seña de identidad, el deseo de plasmar un eslabón más en la historia local, tan necesitada de adecuada difusión. Gracias a que mi amigo Armando Pérez Tejera, con su semanal presencia en un rinconcito de Infonortedigital, al vivir entre papeles y archivos perdidos, nos cuenta lo que hemos sido y aportado al desarrollo de la ciudad. Debe ser por eso que, cuando descubrimos la amplitud verdadera de nuestras calles, nos asombra, sobre todo, el equilibrio de sus fachadas, donde la imaginación sale en busca de la realidad verdadera: los vecinos, los amigos, las charlas, las luces encendidas en las noches frías que hablan de hogar y tranquilidad…
La misma tranquilidad con la que trabajaron, hace ya muchos años, nuestros antepasados.
¡¡Y supieron dejar para la posteridad una manera
de sentir y amar la ciudad!!





























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