Club de la comedia
Algunos miembros de la clase política, no todos porque no está bien generalizar, confunden la actividad parlamentaria con una barra de bar. Se sienten, me temo, pagados de sí mismos. Seguramente, tampoco cabe la generalización, no tienen abuelas. Por ello, para darse un baño de majadería recurren a la actividad parlamentaria, porque conocen el eco que tiene. Saben, que al menos en el diario de sesiones quedará reflejo escrito de su exabrupto. En ocasiones, también es cierto, por la mesura de quien preside la sesión se borra. Aunque tal no sea así, pues dicen que se hace mención a la tachadura, mientras se conserva la estolidez, para asombro de quienes vayan en un futuro a su lectura.
Aunque en todas ocasiones cuecen habas, tanto en tiempos pretéritos como presentes, es en esta última época donde la cancaburrada se refleja con más frecuencia en el acontecer parlamentario. Sea en pleno sea en comisión, siempre habrá una señoría dispuesta a dejar salir por su boca la fétida expresión, que le permita incorporarse a la actualidad. En ocasiones, podrá tener la suerte —para desdoro e infortunio del resto de los mortales— de ser portada de noticiario.
Quizá, al no tener cosa alguna que ofrecer por sus propias carencias, se aferran a la gracieta de barra colillera para dar muestra de su presencia en la institución o en la sesión concreta en que actúan de modo tan zafio. De no ser así, cabría esperar en que su insulsez les lleve a pensar en su buen hacer. A saber, que son lo suficientemente incapaces para no percatarse de su ridícula actuación. No sé bien cómo funcionan las prácticas parlamentarias, pero siempre existe alguien con responsabilidad en el grupo parlamentario. Esa persona, por la responsabilidad que ostenta, tendría que vigilar y corregir tales prácticas. Salvo, claro está, que esté interesado en ser noticia, sea cual sea el motivo que la genera.
Primero fue, amparado en la masa de su grupo parlamentario, el que espetó un «ve al médico» a Errejón tras su pregunta relativa a la atención de la salud mental. Como si tal cosa, para continuar con su protagonismo, en lugar de pedir las correspondientes disculpas en el ámbito donde se produjo el exabrupto, se amparó de nuevo en la masa a través de una red social. Sí, fue a través de twitter, que pidió disculpas de aquel modo en que parece dejar todo como estaba. Ya saben, el monárquico «lo siento, me he equivocado». Eso sí, no desaprovechó la ocasión para echarse algunas flores y decir que como él, nadie se había ocupado de quienes defendió Errejón, que a él le sirvió para hacerse oír. Seguramente, porque no es capaz de elaborar un texto mucho más amplio que no sea el de esas tres palabras. Tremendo esfuerzo el de su señoría.
Más dedicación tuvo, también del PP, quien ejercía la portavocía del grupo en la comisión a la que asistía la Ministra de Trabajo. A lo mejor fue por tratarse de ser la ministra de tal, que se esforzó algo más. Aunque bien mirado, tampoco el esfuerzo fue tal, se limitó a repetir una frase manida. Algo, no lo pongo en duda, que habría repetido en otros foros y con distintos objetivos. Eso sí, hubo de llevarlo por escrito para evitar trastabillarse y errar la frase. Seguro le felicitaron en el club de cuñados al que presumo habrá de pertenecer. Retiró las palabras, insulsas e insultantes para el común de los mortales, aunque mantuvo el latiguillo de: «todo el mundo sabe». No sé a qué se refieren, deben tener el don del conocimiento. Cuánto derroche en encuestas, bastaría con preguntar a estos iluminados.
En síntesis, que algunas de sus señorías han equivocado su profesión, por su capacidad para el chascarrillo podrían dedicarse a expeler monólogos en el club de la comedia. Eso sí, la dificultad para llegar a final de mes se les haría evidente.




























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