Faycán
El pastor le dice Fay cuando lo llama, a voces, para que controle a las ovejas desperdigadas por la loma, pastando a placer en el Cortijo del Cercado, en los altos de Caideros de Gáldar.
El invierno que acaba de expirar ha sido generoso con la lluvia en las medianías. Una lluvia serena que ha arrullado las noches y que ha dejado el cielo claro y limpio.
La tierra, que es tierra de mar y volcanes y que es muy agradecida, se engalanó con un vestido verde para lucirse y para servir de despensa a las ovejas que esperaban que los campos cambiaran de color.
Desde el Cortijo del Cercado, Caideros parece un tapiz, una pintura.
Un cuadro verde, rojo y blanco con marcos naturales como Tamadaba, al que la lluvia también ha pintado la cara, azules el mar y el cielo y el Teide en el horizonte, altanero y ostentoso.
Tuve la sensación de estar en otro mundo.
Un mundo sin ruidos. En calma.
Sólo se oían el silencio, los cencerros de las ovejas, que por unos instantes me sonaron remotos, la voz del pastor y los acompasados ladridos de Faycán.
































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