Alí no tenía dónde dormir. El frío nórdico y crudo congeló las fuentes, camelias y olivos. Los barceloneses corrían espantados. Recogió del suelo: la manta, los elefantes de madera, tambores, maracas, máscaras y los guardó en su haraposa mochila. Los transeúntes eran invidentes. Corrió detrás de un anciano. Cuando éste llegó a su portería cerró la puerta de un trancazo. El muchacho regresó al parque. Introdujo medio cuerpo en la casita de madera. Las piernas le temblaban. Los dientes le castañeaban. Encontró un cuaderno, un estuche con colores y pan con chocolate. Sacó del bolsillo una linterna de batería y la encendió. Dibujó el sol de África, elefantes, un camaleón y varias cebras y leones. A las ocho de la mañana se despertó con los gritos del butanero, «¡si te molesta mi olor pon en tu edificio un ascensor!». Alí sintió una extraña felicidad. En su bolsillo guardó las puntas de los colores. Él no sabría decir en qué momento desapareció el frío de su cuerpo, ni en qué segundo se le mojaron las piernas. Pese al frío, se sintió feliz, por los colores y el chocolate que su madre nunca le pudo comprar.


























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