Cuento de Navidad

Quico Espino Jueves, 24 de Diciembre de 2020 Tiempo de lectura:

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-¡Hola! ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Luna, y ya tengo seis años. ¿Quieres una peladilla?

Arsenio Castro, el hombre más odiado y solitario del lugar, miró a la niña, que iba a hombros de su padre, desde la ventana a la que se había asomado para ver, a disgusto, el belén viviente que se representaba en la plaza del pueblo, ante un gran número de espectadores.

Apodado don Arsénico, era el azote de muchos de los habitantes a los que había prestado dinero. Corrían los terribles años de la posguerra. Las calamidades y el hambre campaban por sus fueros y la gente, aparte de elevar sus plegarias al Altísimo, se vio obligada a pedir préstamos al único que podía ofrecerlos.

Los intereses eran abusivos. Era rácano y desconfiado. No se fiaba ni de los bancos, por lo cual atesoraba todo su capital en una caja fuerte que guardaba en su habitación, oculta en el vestidor.

El usurero hacía que los solicitantes firmaran un pagaré, con bolígrafo o con el dedo, en el que se comprometían a pagar la deuda, y, en caso de no hacerlo, él  se quedaría con sus pertenencias, casas, fincas, aljibes…

-Me caes muy bien. Me gustaría mucho jugar contigo –añadió Luna, con una candorosa sonrisa, alargando la mano izquierda para ofrecer peladillas a Arsenio Castro, el cual, asombrándose a sí mismo, se sintió inesperadamente conmovido y dirigió a la niña una mirada que era nueva en él, antes de decirle su nombre y coger la golosina que ella le ofrecía.

-¿Te gustan las muñecas? –preguntó a la niña, cada vez más sorprendido de sí mismo, sin dar crédito a sus palabras y a sus actos, deseando que el padre de Luna se mantuviera apostado en el mismo lugar, contemplando el belén, mientras él se adentraba con premura en la sala y cogía una pepona que guardaba en un arcón.

Cuando se la dio a Luna y vio la expresión de júbilo y admiración en su cara, y los besos volados que le lanzó, el apodado don Arsénico percibió una extraña sensación, una desconocida calma que le hizo emitir un suspiro de alivio.

Por primera vez en su vida sintió la satisfacción que produce ser generoso, y, también por vez primera, se dio cuenta de que ser querido por los demás, aunque fuera un poquito, era infinitamente mejor que amontonar dinero.

Estoy harto de que todo el mundo me odie, se dijo y, de inmediato, como atacado por un rayo revelador, entró de nuevo en el salón y se dirigió a su cuarto; abrió la caja fuerte y, después de coger casi todo su dinero, fue y lo tiró alegremente por la ventana, ante el asombro y el regocijo de los presentes en la plaza.

Jamás pensó que se podía ser tan feliz como él se sentía en ese momento.

Imagen: Gabriella Rossi


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