Viajar es siempre una delicia. Una aventura maravillosa. Pero no hablo de viajar como el clásico turista que va a mirar desde fuera, a ver desde la grada los espectáculos folclóricos de los pueblos que visita. Para mí, viajar es conocer nuevos lugares y, especialmente, a la gente que vive allí, su cultura, su historia, sus costumbres, la forma que tienen de vivir, su manera de ver la vida.
Esto y mucho más había escrito el viajero en la libreta que cerró poco antes de bajar del avión que lo había llevado a Perú, atraído por la diversidad de su cultura, sus asombrosos paisajes, sus vistosos colores y por sus habitantes, especialmente los de origen inca. Quería conocerles de cerca, entrar en su mundo de manera natural, con la calma que lo caracteriza, diciendo con la mirada, con gestos y sonrisas (luego con palabras) que quería compartir con ellos un ratito de sus vidas.
Pucallpa fue la primera ciudad que visitó. En los límites de la Amazonia peruana, donde sacó las dos primeras fotos que ilustran este reportaje, el viajero entra en un mundo que le resulta mágico y del que, de un día para otro, se siente parte integrante, casi como un miembro más de aquella etnia shipibo que lo ha recibido con hospitalidad.
Se escucha el rumor del agua del rio Ucayali, el mayor afluente del Amazonas, mientras los pobladores le hablan de sus vidas, que tienen que bregar para sobrevivir, y luego de su cultura, de la artesanía, de la lana de las alpacas y las vicuñas, que, junto al algodón, usan para tejer sus vestidos y sombreros, a los que luego tiñen con tintes naturales.
También le hablaron de los recursos naturales de la zona, de su economía, de sus cantos y bailes, de sus instrumentos musicales, y acabaron despidiéndose como amigos que se conocen de siempre.
Días más tarde el viajero arriba al Valle del Colca, en la región de Arequipa. Antes de llegar a la aldea más cercana, Chivay, se encuentra con una vendedora de artesanía que le da la bienvenida con una ancha sonrisa.
Él le compra un chullo de lana de alpaca y ella, con una naturalidad que lo sorprende, le augura una buena estancia en el valle y le dice que el espíritu de las montañas, que son sagradas, le ha transmitido que algo mágico le va a suceder.
-¿A mí? –pregunta el viajero, también sonriente.
-Sí, a ti. Y bien prontito va a ser.
Acertó la vendedora de artesanía. Nada más entrar en el pueblo, un águila andina se le posó en el hombro.
Dio un brinco que despertó las risas de los lugareños, testigos del incidente, y luego, sin parar de reír, la dueña del ave rapaz, que estaba domesticado, se acercó a él para decirle que le había caído bien al águila, pues era insólito que actuara de esa manera.
De seguido, después de sacarle una fotografía, lo invitó a una chicha morada, bebida originaria de Los Andes, que se elabora con millo morado, cáscara de piña, canela, clavos de olor, limón, azúcar y frutas picadas.
Una entrañable sonrisa se dibuja en el rostro de la anfitriona cuando el visitante le dice que está encantado de que en el país por donde el cóndor pasa, donde el cóndor es el rey, a él se le viniera a posar un águila andina en el hombro.
-Tienes que visitar El Cañón del Colca –le recomendó ella, poco antes de que se despidieran.
-Eso lo voy a dejar para la vuelta. Entonces pasaré unos días por aquí. Mañana mismo me voy a Cusco, que es el ombligo del mundo. Estoy deseando ver el Machu Picchu.
El valle sagrado de los incas es el siguiente destino.
De pie en lo alto de la colina, escuchando el estruendo de las aguas del río Urubamba, que atraviesa la cordillera andina, siente que hay magia en el aire, que un halo misterioso se cierne sobre él. Quizás, piensa, sea el espíritu de la montaña, Apu, que le está transmitiendo energía.
Y calma, aunque parezca contradictorio. La calma que se respira en la atmósfera de esta fotografía, ...
... en la que el viajero aparece dando buena cuenta de un cuy con papas y verduras, en la comunidad de Qochacalle (que en quechua significa territorio de champiñones), a las afueras de Cusco, donde hay un mercadillo de prendas y comidas elaboradas con champiñones.
Le habían ofrecido alpaca en salsa de aguaymanto, articucho con papas negras, olluquitos, tacacho y otras delicias de la gastronomía peruana pero él prefirió el conejo de Indias.
Llega el solsticio de verano. La capital del imperio inca celebra la fiesta del sol, Inti Raymi, en la gran explanada de Sacsayhuaman, que se convierte en un escenario de música y de colores. Los vestidos y sombreros de las distintas etnias, sobre todo la quechua, resaltan bajo la tímida luz del sol.
La Gran Muralla es testigo. Vibran los enormes monolitos que la forman. Apoyado a ella, contemplando aquel espectáculo de la naturaleza, ...
... el viajero siente que la música lo transporta por un túnel del tiempo, en el que los antiguos incas se reúnen con todos los peruanos que pueblan el país en la actualidad y se abrazan y cantan y bailan la danza del sol, transmitiendo paz y armonía al mundo entero.
Lleno de energía, con la mente serena, se mezcla con ellos y se deja llevar por sus movimientos, la cadencia musical que los envuelve en un halo mágico y misterioso, un soplo de aire que, como en un hechizo, concilia el pasado con el presente.
Y se le queda grabada en la mirada la imagen de una hermosa mujer quechua, cuyo vestido parece un abanico de colores, ...
... que baila al compás de la bandurria cusqueña, del clarín cajamarquino, de la zampoña, el charango y el cajón peruano.
Días después, tras haber visitado otras regiones del país, donde siguió haciendo retratos de sus gentes, henchida el alma por todas las vivencias que el viaje le ha brindado, y que ha reseñado en su libreta, el viajero se adentra en el Cañón del Colca, un abismo de más de dos mil metros de profundidad.
Se escucha el silencio, el vacío abismal y, un poco más lejano, el sonido del agua del rio Colca, que va a desembocar en el océano Pacífico, mientras él contempla el mirador de la Cruz del Cóndor, en el que hay vendedores de recuerdos, las memorias que han vivido los pobladores de Perú a lo largo de los tiempos.
Luego, alzando la mirada y los brazos al cielo, ...
… invoca al espíritu de las montañas, al sol, a las estrellas y al firmamento entero para darles las gracias de todo corazón. Un corazón que aún palpita emocionado cuando la mente le trae los recuerdos de aquel maravilloso viaje.
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