La mujer se quita la sábana, rota y vieja. Deja caer los pies en las chancletas. Se arrepiente. Pone los pies en el suelo, siente la arenilla fresca, las pelusas, los pelos, pisa algún caracol extraviado. Sonríe. La mujer, tose, se limpia la boca en el hombro dolorido. Clava la barbilla en la clavícula. Se queda quieta. Respira.
En el patio, las palomas aletean, los pájaros duermen, los perros se desperezan. Del patio vecino arriba una nube de humo. Entra a la habitación. La mujer abre los ojos, le arden. Las nalgas, el corazón y el alma le fastidian. Tolera su respiración, como una mujer malvada, que profana un cuerpo que anhela estar inerte, como una butaca más, de las que están en la casa.
Sale al patio. El humo ha cubierto las hojas, la tapa del aljibe, los tamarindos. Los pájaros abren los ojos, sueltan un canto fúnebre. La mujer se acerca a la alberca, llena un balde con agua y le pone limones. Se sienta en el mecedor, contempla las jaulas en movimiento. Bosteza, luego tose. Su aliento le recuerda que aún sigue viva. Maldice. Se baña. Tira los limones a los pájaros.



























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