Emerge Amagro, esplendoroso, vivo, dando las gracias al manto de nubes esponjosas que circundan sus laderas y han refrescado el ardor de su piel. Ha soportado con entereza el calor, la calima y el peso del sol, que aún enciende su cumbre, aceptándolo todo como algo natural e inevitable, sin quejarse, a sabiendas de que las cosas van a seguir siendo igual por mucho que se lamente.
En otros tiempos, siendo más joven y frondoso, solía irritarse ante las adversidades a que lo sometía la naturaleza, vientos, lluvias y tempestades, pero la experiencia lo llevó a admitir que no viene a cuento resistirse a lo ineludible, que es más razonable aceptar lo que quiera que le toque vivir sin aspavientos ni dramatismo, procurando que nada le haga nunca perder el equilibrio ni la alegría de vivir, aunque haya que hacer de tripas corazón.
Ahora resplandece el monte Amagro. En calma, majestuoso, parece estar acostado sobre un lecho de nubes que lo envuelven con su manto, bajo un cielo azul insondable.
No espera nada, pero abriga el deseo de que la lluvia lo bañe.




























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