Madrid, 1981
El día que llevé dos bombas a mi amigo José Luis, cuando realizábamos la mili en Madrid, cerca de TVE, lo recuerdo con cierta nitidez. Sí, sí, no exagero: ¡dos bombas dos! las llevé yo solito (todo sea dicho, porque no me quedaba otro remedio) de la Compañía de Sanidad, donde me encontraba destinado, a la de Transportes, donde servía mi amigo. Los dos éramos los responsables de las armas (armeros) y de otras cosas (furrieles).
Y cuando el capitán de mi compañía, un valenciano agradable y escaqueador, con menos espíritu militar que un poeta en su torre de marfil, me ordenó el traslado, yo, asombrado, y él, contento, pues no quería saber nada de aquellos artilugios explosivos en su compañía, no tuve más opción que obedecer; como comprenderán ustedes. Al llegar a Transportes y entrar en el despacho del capitán Pimentel, un hombre, alto, flaco y desgarbado, que rezumaba militarismo por todos sus poros, vio los cielos abiertos ante “aquel regalo” de su compañero de filas. José Luis y yo siempre nos hemos entendido con la mirada y, situado él detrás de su capitán, interpretaba aquella escena de la misma manera que yo: para nosotros, recién licenciados en la universidad, aquello nos parecía un acto trasnochado y que no entendíamos en absoluto; es más, casi explotamos allí mismo de la risa que nos salía por los ojos y que casi no podíamos contener. En cambio, para el oficial la trascendencia del momento era casi casi un orgasmo. Creo recordar que nos explicó algo del mecanismo de aquella bomba, y ambos dos, acercándonos, no nos quedó más remedio que poner cara de asentimiento y de muy interesados; unos interesados muy socarrones.
Bueno, y del peligro que acarreaba aquel transporte manual de bombas no les quiero hablar, porque en la mili las órdenes son órdenes. Yo solo ansiaba dejarle “aquel regalito” al capitán Pimentel, que, dicho sea de paso, se desvivía por impartir a sus reclutas una instrucción muy militarizada; como cuando José Luis tuvo que tirarse de un camión en marcha cargado con fusil en mano, mochila en la espalda, casco duro y pesado, de los de la guerra de verdad, balas y trinchas, mientras yo, como buen sanitario, escuchaba, a la sombra y debajo de unos pinos madrileños, a medio camino entre la cantina y la compañía, las recomendaciones del teniente médico referidas a cómo debíamos recoger a los heridos.
Pero ésta es otra historia.
Igual que en cada guardia, en garitas hoy desaparecidas, “esperábamos al enemigo”.































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152