Facaracas

Opinion

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Algunas iniciativas merecen un aplauso. La de mi buen amigo Antonio Manuel del Río es especialmente encomiable. Ha embellecido el entorno de las cuevas de su finca, de nombre Villa de don Juan, en el barranco de Gáldar, y ahora son escenario de actividades culturales como el teatro o la música, o de otra índole como la meditación o el yoga.

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Asistí una vez a un concierto de cuencos tibetanos. Había que ir con colchoneta para acostarse en el suelo y oír la música tendidos con los ojos cerrados. Recuerdo que, a la luz de las velas, relajado en aquel ambiente tan sugestivo, me dormí con el sonido del didyeridú, ese instrumento australiano que te transporta al mundo onírico.

-Estás roncando –me dijo una amiga, dándome unos toques en el hombro para despertarme.

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La segunda vez que estuve fue una tarde en la que presencié una representación teatral de corta duración, que recreaba los amores entre Gumidafe y Andamana, la primera y única Guanarteme de Gran Canaria, así como el arte de la lucha del palo. Se enfrentaban los guaires de los diferentes cantones de la isla, después de las ofrendas a la pretendida, y fue Gumidafe quien salió victorioso.

-Eres mi reina, Andamana.
Tú reunirás los cantones
y también los corazones
de toda la Gran Canaria.

El escenario quedó de pronto vacío.

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Luego, de cada uno de los pasadizos de la cueva, fueron saliendo actores y actrices, uno por uno, y se despidieron del público indicando cada cual su nombre: Andamana, Gumidafe, Ramagua, Caconaymo, Mardonio, Chamaida, Sibisse, Adargoma, Timanfaya….

Y terminaron el espectáculo diciendo: gracias y salud: tanemmirt y tidusín.

Fuera de la cueva, donde hay una fructuosa huerta de cultivos biológicos, posada en una de las hojas de un moral, una mantis palo se yergue sobre sus patas y eleva la cabeza hacia el cielo, luciendo un afilado pitón.

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Está aguardando a que se ponga el sol. Sabe que la boca de la cueva de Facaracas está orientada hacia la constelación más brillante del firmamento, Orión, que, con su hechizo, impregna de magia la noche.

Texto: Quico Espino
Fotos de José A. Verona Rodríguez y Antonio Manuel del Río.

 


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