David era o es, no lo sé porque no sé de su vida, un niño bastante tranquilo. Procuraba pasar desapercibido en clase, aunque nunca lo conseguía. No lo conseguía porque María del Pino y sus acólitos se ocupaban de ello, cada mañana, como si de una liturgia matutina se tratase.
David era el gordito de la clase, el bien vestido, el callado, el estudioso que no pasaba de un bien donde más de la mitad de los cuarenta alumnos eran repetidores. Un aula de un colegio, de un barrio humilde del extrarradio donde cursábamos muchos que no nos identificábamos con aquel estigma que se había ganado y creado, no con mucho pulso durante los años setenta y ochenta, en la ciudad. Un barrio donde el oler pegamento era la primera opción que teníamos para olvidarnos del mundo que nos rodeaba.
En aquellos años, aquel recinto de conocimiento andaba abarrotado de niños del famoso baby boom de los sesenta. Era una época en la que podía haber dos o tres niños, lo que se dice… gorditos. Gordos no, gordos son los de hoy en día, no confundamos.
El caso era que David era Testigo de Jehová… y gordito. Dos rarezas, aparte de sacar seises como una de las mayores notas en los exámenes y vestir de manera impecable, como ya dije antes. Encima, llevaba gafas. Tenía todos los boletos comprados y premiados para que lo humillaran, por raro.
Entraba el último a clase pero siempre llegaba antes que el maestro de turno, que siempre se demoraba sus cinco minutos del café, de tertulia o de lavabo y en ese corto espacio de tiempo era el centro de atención de aquellos que bailaban al son de María del Pino.
Cachetadas, cogotazos. Hombros caídos tras despojarle la coraza de su mochila y el suéter beige que llevaba tan bien combinado con aquella correcta indumentaria. Pisotones a sus zapatos siempre relucientes y sus gafas manoseadas y ensalivadas— esta parte será mejor no contarla con pelos y señales—. Si tocaba religión, clase que él no compartía, sacaba su Biblia y la estudiaba como tenía mandado. Ese día, el de religión, caería algún lapo dentro de su librito sagrado.
Y eso lo vi yo porque me sentaba muy cerca —ya saben, eso de colocarse en clase por el orden alfabético del apellido— de ambos. Entre María del Pino y yo quedaba el pobre David.
Por alguna razón, por mi timidez o por el miedo que tenía a esa selva o porque no se estilaba entonces meterse con los tímidos, nunca se metieron conmigo. O quizá, el pobre David, como bien dije antes, llevaba sobre sí el premio gordo.
¿Qué podía hacer en aquel entonces para ayudarlo? Aún a mi edad, me lo sigo preguntando.
Ahora, con cincuenta años por cumplir solo pienso en una cosa cuando lo recuerdo. Esa época imposible para ese chico marcaría su forma de ver, su futuro, su vida para aguantar lo que se le vendría después o para ... no sé... ese final lo pondrá quien lea esta declaración.
A David también le pusieron mote porque tenía algo más que animaba a aquellos imbéciles a acosarlo. Le llamaban Davinia.
¿Qué habrá sido de David?
“No debes acostarte con un varón igual a como te acuestas con una mujer” (Levítico 18:22).
“No se extravíen [o engañen]. Ni fornicadores, ni idólatras, ni adúlteros, ni hombres que se tienen para propósitos contranaturales, ni hombres que se acuestan con hombres, ni ladrones, ni personas dominadas por la avidez, ni borrachos, ni injuriadores, ni los que practican extorsión heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9, 10).




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27