“Cuando descubrimos la cafetería centenaria, no dejamos de visitarla ningún día. El nuevo refugio nos protegía. Con la disculpa de un desayuno o un almuerzo o un sencillo cortado de media tarde, logramos enlazar varias palabras con los camareros que nos atendían. Y al tercer día ya conocían nuestros gustos y un tono familiar de complicidad se iba extendiendo justo al lado de Gonzalo Torrente Ballester, cliente fijo del lugar.
Allí entonamos los viejos recuerdos y la amplitud de miras se expandió por todo el local. De repente habíamos caído en la cuenta de que estábamos dentro de la Historia, tantas veces leída en los libros de texto. Todo, o casi, se hizo familiar y cercano y al poco tiempo fuimos descubriendo que Fray Luis de León conversaba todas las tardes con Miguel de Unamuno en la entrada misma de la Universidad. En aquel tiempo comprendimos la cercanía de las palabras y el valor de la amistad. Claro que también la envidia aparecía disfrazada de falso compañerismo.
Pero eso lo supimos mucho tiempo después.”






























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