De paseo por El Sequero
Diciembre parecía agosto. No se sentía bochorno pero había un sol de justicia. Se agradecía la sombra subiendo la cuesta de El Sequero, el barrio más pintoresco de Ingenio. Calles empedradas, callejones engalanados de frondosas plantas, casas coloridas y un cielo azul confieren al lugar un genuino encanto.
Se respira una calma que se rompe a veces con el ruido de un coche o una moto atravesando la calle principal y sacando a uno de la abstracción en la que se ha sumergido la mirada.
Se nubla un poco el cielo. Se refresca el aire cuando estoy entrando en el callejón donde nació mi padre.
Me vienen entonces miles de recuerdos a la mente, como una película retrospectiva en la que sobresale la escena de mi abuela haciendo pan de millo en el horno de leña.
Al subir la escalinata iba pensando en ella y en que había tenido dieciocho retoños, entre hijas e hijos, y más de sesenta nietos y nietas.
En lo alto del callejón, admirando el frontis de la casa, el drago, el balcón…, y tras esbozar una sonrisa a cuenta de la peculiar decoración navideña, evoqué un simpático episodio ocurrido allí mismo cincuenta años atrás.
Era bastante diferente el lugar. Donde ahora se encuentran la casa y el drago había un solar lleno de tuneras y pitas y un camino de tierra, en el que estábamos mi padre, mi abuela, yo y un hombre octogenario llamado Paquesito, que iba de traje de drill, corbata, bigote, bastón y sombrero y que tenía fama de don juan. Parecía un figurín.
-Ahora voy a ir a la playa de Ojos de Garza pa ver las carnes de las mujeres de Telde. Después me voy al Burrero pa ver las carnes de las mujeres de Ingenio y luego me voy a la playa de Arinaga pa ver las carnes de las mujeres de Agüimes.
-¡Fuerte hombre mujeriego, oiga! ¡A sus años! ¿Y quién lo lleva, cristiano? –intervino mi abuela.
-Mi hijo Agustín, que me está esperando en El Puente. Adiós a todos.
-Él parece un requilete –dijo mi padre, mientras el pintoresco personaje se alejaba. Luego añadió, mirándome, que Paquesito, aunque era analfabeto, había representado, como protagonista, “El médico a palos” de Molière. Se aprendió el texto mientras otro se lo leía.
Me sacudí la cabeza para volver al presente, y continué mi paseo por el barrio, parándome a cada momento para dejarme cautivar por los llamativos rincones que encontraba a mi paso, a cual más bonito, y, como colofón, me clavé una espina de tunera en el trasero mientras le sacaba fotos a una llamativa casa pintada de un rojo intenso.
Texto y fotos: Quico Espino



































Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.47