Hoy vengo con la idea de lanzar un mensaje para concienciar a la sociedad de que a veces (por no decir siempre) es mejor mantener la boca cerrada que arriesgarse a que alguien te corte el rollo o herir, sin querer, la sensibilidad de una una persona.
Hablo a todas esas personas con tendencia a entrometerse, con ganas de meterse siempre donde nos les llaman o que se arriesgan a juzgar a otras sin conocerlas.
Plantearé diferentes escenarios: en el primero vemos a una mujer a la cual se acercan y le dicen: “ay, enhorabuena, ¿de cuánto estás?” Pues de tres pizzas y dos botes de helado”. ¿Para qué te arriesgas? ¿En serio? No siempre cuando una mujer tiene barriguita o unos kilos de más es porque está embarazada, a veces solo es eso, unos kilos de más y no pasa nada. ¡No preguntes! Porque no sabemos la lucha interna que esa mujer tiene con su cuerpo, si tiene problemas emocionales o de salud que le hacen tener ese exceso de peso, o simplemente, es que le dan igual los kilos demás. ¡Cuidado siempre con lo que se pregunta! Quizá estamos ante una mujer que no puede tener hijos y preguntarle "¿de cuánto estás?" Es hacer sangre de la herida.
En el siguiente escenario vemos una pareja cenando. El hombre se ve algo mayor que la chica, se levanta para ir al baño. El camarero va a preguntarle que qué van a tomar, ella pide su bebida y el joven le cuestiona: “¿Y su padre qué va a beber”? A lo que la joven, con mucha educación, le contesta: “Mi padre no lo sé, pero mi marido quiere un vino”. ¡Otra vez! ¿Para qué te arriesgas? ¿Acaso no sabemos que existen las parejas con diferencia de edad? ¿Por qué arriesgarnos a que nos laven la cara solo por prejuzgar y dar por hecho que el señor tiene que ser el padre de la chica? Existen miles de parentescos, podían ser pareja, amigos, compañeros de trabajo, amantes ocasionales, profesor–alumna, jefe–empleada, pero no, tenía que ser su padre. Otra vez lanzamos al aire una frase sin saber el daño que podemos hacer.
En el tercer y último escenario, vemos a una joven recepcionista que ve entrar a su lugar de trabajo a un chico. A primera vista su vestimenta la asusta, su pelo lleno de rastas, el cuerpo todo tatuado. La joven mira a su alrededor buscando la mirada cómplice de su compañero y recuerda que en el despacho del fondo está también su jefe. Bien, si pasa algo, no está sola. Cuando el joven se sienta frente a ella, la misma joven se da un bofetón mental por prejuiciosa porque tiene ante sí, posiblemente, a la persona más educada y respetuosa que ha conocido desde que trabaja en atención al público. ¡Zas! ¿Por qué juzgamos a las personas solo por su apariencia física, su ropa, su pelo, sin antes conocerlas?
Todas estas situaciones –hipotéticas o no- se dan en el día a día. Lo hacemos de forma inconciente, o no, porque tenemos grabado a fuego en nuestras cabezas unos cánones de vestimenta, de belleza o de edad, que hacen que prejuzguemos todo aquello que se sale de ellos.
Desde este texto invito a que hagamos varios ejercicios, primero de empatía antes de preguntar o de opinar sobre el cuerpo o la vida de los demás, y segundo de reflexión sobre ¿cuántas veces hemos pecado de entrometidos, de prejuiciosos? Ya sabes, la próxima vez que te venga a la lengua alguna pregunta que se pueda considerar incómoda, muérdetels y piensa: ¿para qué te arriesgas?




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.27