“Cerré los ojos y no los volví a abrir hasta que el escultor, Montull, dijo que había terminado.
Y entonces comprendí que aquella figura no era yo; solo había sido un instrumento en la imaginación del creador. Y no me enfadé, para nada. Es más, agradecí que la peculiar visión del artista interpretara, sobre todo, mis defectos, y así quedé diluida en la piedra. Además, el monumento se ubicaría cerca de la plaza, donde todos me mirarían, bueno, la mirarían, porque yo no era. Así que a mis diecinueve años marché a la capital y, en otro estudio, labré mi porvenir de escultora. Y trabajé duro con los materiales al mismo tiempo que los años iban siendo golpeados con el martillo y el cincel. Cuando me di cuenta, no era nadie y estuve vagando unos años por el mundo de los artesanos. Hasta que comprendí, al contemplarme de nuevo en la plaza, que mi pesadez mental era proporcional a mi inseguridad.
Y decidí romper. Mañana inauguro.”






























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