Dinásticas sucesiones
Las recientes noticias de los negocios del emérito, no tanto aunque lo aparenten, han activado todas las alarmas. De uno y otro lado, se han puesto a temblar. Quienes defienden la monarquía, echando balones fuera; quienes no, buscando el modo de poner en evidencia su impertinencia. Si nos atenemos a la vigencia de la actual monarquía, la que se reinició con el ahora inmerso en la polémica —por si no lo estuvo con anterioridad—, siempre ha acontecido del mismo modo. Quienes defienden el actual modelo de Estado, convienen en reiterar las mismas argumentaciones. De tan escuchadas, si siempre han gozado de escasa convicción, se agudiza esa insuficiencia. Ahora también, para no variar, continúan con los mismos estribillos. Ya saben, esa parte que siempre se repite y favorece el conocimiento de la canción. Mientras, seguimos sujetos al mismo, para evitar que se fracture no sé qué de la constitucionalidad y su manto que todo lo cubre benéficamente. Así habrá de ser, porque quienes más interés poseen —por tener en esto su sustento—, andan como pollo sin cabeza contando los riesgos de que una testa coronada actúe de modo cabal. Ya se sabe, el monarca no solo habrá de ser honrado sino parecerlo. Esto último, a raíz de lo que se escucha por los mentideros, no acaba de tener muy buen encaje.
El vuelco de quienes ven en esta situación un riesgo para la monarquía no se ha hecho esperar. Eso sí, no aportan argumento alguno que no sea el que nos ha traído hasta esta situación. Recordemos, mientras se especulaba —mayoritariamente en medios foráneos— sobre los negocios del aún monarca, siempre se hacían oídos sordos. Se limitaban a recordar, como si fuese una novedad, la contribución de quien fuese designado por el golpista del treinta y seis como su sucesor. Antes igual que ahora, revelaban el esfuerzo realizado por quien en su momento ostentaba la totalidad del poder. No en vano, seguían vigentes las leyes del régimen surgido por el golpe de estado del 18 de julio. Dicen, quienes titubean ante las noticias cada vez más difíciles de negar, que en su momento cedió en favor del pueblo aquel poder heredado. Las preguntas, parafraseando a Groucho Marx, se las plantearía hasta un niño de primaria: ¿pudo en su momento actuar de otro modo? ¿qué otras salidas tenía a la vista? La respuesta, sin duda nos conduce a la situación que se dio en su momento. No era otra la salida. Salvo, claro está, que hubiese optado por mantenernos sometidos al aislamiento en que nos tuvo su predecesor y mentor.
De nuevo, en la situación que nos ocupa también, sale a relucir la Constitución. No nos olvidemos, que es ella la que da legitimidad a la continuidad de monarca. En este caso, lo referente a su inviolabilidad. A partir de ahí, quienes siempre vieron en el monarca la concreción del designio divino —recordemos que eran coronados con la divina bendición—, comienzan a mosquearse por la posibilidad de cometer sacrilegio de continuar poniendo en duda lo intachable de su conducta. Sobre todo, porque no sé cómo podrán superar el ridículo quienes —aparentemente republicanos— se decían juan carlistas, para no admitir su contradicción. A ver cómo salen del atolladero con las noticias continuamente asolando la figura del emérito. En cualquier caso, están los monárquicos de toda la vida, que mantienen su lealtad inquebrantable a la corona, como pudieron hacerlo a los principios fundamentales del movimiento. Enorme contradicción donde las haya (o halla en versión del senador popular). No nos ha de extrañar si ahora se tornan felipistas quienes antes eran del emérito. Vean, si no, cómo lo tienen de gira por todo el territorio, con la excepción —según algunas lenguas viperinas— los territorios de Ceuta y Melilla.
Al que fuese fiscal jefe del Tribunal Superior de Cataluña le escuché una interpretación, que por novedosa no me pareció de difícil encaje. Se refería a los actos de quien ostentase la Jefatura del Estado, en nuestro caso un rey —nunca sabremos de qué palo—, y su inviolabilidad y por ende quién habría de refrendar sus actos. Venía a cuento por si es o no pertinente, y necesario, la modificación del texto constitucional —con las dificultades que ello entraña—. En su opinión, respetable por su experiencia en el manejo de las leyes, no iba a ser necesario. Bastaba, según sus palabras, con una valiente interpretación del texto constitucional por quienes tienes tal responsabilidad: los miembros del TC. Puso el ejemplo, al que atribuyó mayor dificultad, del matrimonio entre personas del mismo sexo. Si en aquella ocasión se resolvió, por qué no habría de hacerse ahora. Atribuía tal, a la redacción de dicha norma en lo que a la inviolabilidad regia se refiere. Dicho texto establece que de los actos del monarca son responsables los miembros del gobierno. Interpreta el jurista, que solo lo será en aquellos que sean refrendables por los mismos. En otras palabras, los que estén ligados a su alta magistratura. No, como quieren hacernos creer de modo interesado, los no relacionados con tales actuaciones. A saber, que no lo habrá de ser en esos trapicheos de regio comisionista (presuntamente en función de los hechos conocidos hasta ahora).
Otras opiniones surgen al respecto, y hacen extensiva la tal inviolabilidad a la totalidad de sus actos, ya en su calidad de monarca como en su calidad de, bueno ya saben. En resumen, y como también refirió el que fuese fiscal jefe del TSJ de Cataluña, algún ministro tendría que refrendar sus cacerías elefantiásicas. Me refiero a si todos sus actos son refrendables por el miembro del gobierno de turno, como parece decir otro reputado jurista. Resultaría absurdo, y a ello tendrían que dedicar sus esfuerzos y desvelos quienes tienen entre sus responsabilidades el velar e interpretar el texto constitucional. En definitiva, para poner coto al asunto, que nos podremos encontrar en un enorme callejón sin salida. Sobre todo, que quien nos espetó hasta la saciedad la igualdad frente a las leyes y el estricto cumplimiento de las mismas, se vaya de rositas por todo lo que hasta ahora se va conociendo. Cómo se nos queda el cuerpo. A mí fatal, no sé a ustedes.





























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