El trayecto sintáctico
El trayecto laboral de Arucas a Moya, durante dos décadas y cinco días a la semana, lo verificaba, la mayoría de las veces, por la costa norteña. El recorrido era más largo; no obstante, lo prefería no solo por la limitación de velocidad sino, sobre todo, por el cercano mar horizontal que influía, y mucho, en aplacar la rapidez y el posible sobresalto, y contribuía el conjunto todo a un ritmo lento y lánguido.
Ese itinerario invadido estaba de oraciones compuestas: las coordinadas copulativas con el nexo “y” se precipitaban en los semáforos y en los pasos de peatones: parada obligada “y” vuelta a empezar, como si el recorrido “sumara” tramos independientes; las adversativas y sustantivas, cuando dejábamos atrás la costa y enfilábamos el camino de las medianías, sorteaban virajes y curvas donde el claxon indicaba diferentes signos de puntuación, a modo de pausa a treinta kilómetros por hora; las adjetivas jugaban con las coloridas mariposas del camino y, posteriormente, las adverbiales caían de los riscos escarpados en busca de la parada definitiva: las subordinadas finales: todas ellas hablaban de barrancos y plataneras y desprendimientos yuxtapuestos, carentes de nexos donde agarrarse.
El regreso, acompañado del natural cansancio, lo vivíamos con mayor dinamismo y con la extraña sensación de que la carretera se acortaba. En la bajada hacia el mar, las oraciones simples se alongaban desde las altas paredes de los riscos y, al llegar a la costa, donde el mar pierde su verticalidad, engullidas quedaban por las salitrosas aguas norteñas. Entonces retornaba la cadencia flemática y despaciosa de las oraciones compuestas, donde el diálogo narrativo buscaba refugio en las detalladas descripciones, acompañadas de tonalidades musicales, como imitando el sonido de las olas muertas que a la orilla llegan, al tiempo que acariciaban el delicado susurro de las palabras.
Sí, la travesía se anegaba de estelas oracionales que convertían el relato en páginas quedas de novelas-río, como las aclaraciones que ofrecen los paréntesis, y, en el fondo de la lectura atenta y detenida, siempre sentimos que todo transcurría tan rápido como el tiempo, salpimentado de sintaxis en la llanura del litoral isleño.






























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