Queridísimo padre, disculpa la tardanza al escribirte. No pienses ni por un instante que has caído en el olvido, ni que hallé solaz en el camino donde entretenerme. Sucede que de un tiempo acá ando estúpidamente atorado, cual vieja tubería insensible a la sed del amo y a los moradores de su casa. Por desgracia, en la actualidad, no dispongo de alegres nuevas que regalarte y las que han acontecido nada tienen de halagüeñas.
Pasados unos meses desde mis últimas líneas, sin que se hubiese completado aún la media docena, nos visitó un iracundo coloso venido de los confines del universo que devoró los montes y las altas tierras de cultivo. Su kilométrico cuerpo deforme caracoleó a capricho su rojo alambrado a lo largo y ancho de la ínsula, guiado por un feroz instinto destructor. Motivo este por el cual le presentaron batalla las fuerzas terrestres, que se vieron reforzadas, con el devenir de los días, por numerosos y variados medios aéreos. Los hidroaviones, albatros furiosos, rugían sobrevolando a la bestia maléfica en arriesgadas maniobras no exentas de gran pericia. Cuando al fin el terrible Goliath fue descabezado y los evacuados pudieron regresar a sus hogares, contemplamos su malvado proceder. La tierra, ulcerada y despavorida, acalló sus sollozos bajo una frazada de ceniza: miles de árboles fueron reducidos a polvo, cientos de animalillos silvestres y domésticos corrieron el mismo destino aciago, quedando el utillaje inservible junto a las ruinosas casas renegridas del camino. En el embate perdimos considerables frutales, todos de incalculable valor sentimental para mí, por ser tú quien los fijó a tierra… ¡Cuánto hubiese dado yo por evitarte este pesar! Sin tardanza, emulando al viejo general Kutúzov, depositamos nuestras más inmediatas esperanzas en la llegada del invierno redentor, pero el régimen de lluvias insuficiente trajo consigo un episodio de calima nunca antes vista al menos por los más jóvenes, entoldando el cielo durante semanas.
Llaman por teléfono. ¡Qué inoportuno! He de atender… Proseguimos otro día papá.
Miércoles 29 abril de 2020
Como la desgracia no gusta de viajar sola, esta vez se hizo acompañar de una de sus hijas y ahora padecemos la demoledora visita de una pandemia. El país se encuentra en alerta y la población confinada. Vivimos enclaustrados en esta mínima geografía doméstica: dormitorio, cocina y recibidor. Lo que antes era “dulce hogar” es en la actualidad un vulgar cubil por no decir mazmorra. Alcanzar la ventana o dar un corto paseo en la azotea nos parece una extraordinaria odisea por las Cícladas y, cuando nos aventuramos a salir por causa imperiosa o motivo muy justificado, tal es el caso de las esporádicas visitas a la tienda de cercanía o al supermercado, andamos embozados evitándonos los unos a los otros, no queriendo siquiera rozar las góndolas.
Por otra parte, los informativos tienen un monótono sonsonete de antiguo parte de guerra. Los periodistas, en su afán informativo, nos muestran sobre un mapamundi el avance del Coronavirus. Las crecientes cifras de infectados y fallecidos son turbadoras y las bajas en la punta de lanza, los sanitarios, vergonzosas. Las pompas fúnebres italianas, por citar un ejemplo, no dan abasto, e interminables hileras de camiones militares acarrean los féretros cual fuerza expedicionaria rumbo a Abisinia. ¡Qué Dios tenga misericordia de sus almas! Es tal la magnitud y la devastación global que en la ciudad de Quito, a falta de listones, emplean ataúdes de cartón, lo cual parece extraído de una obra de García Márquez o Jorge Icaza. En cuanto al suelo patrio se refiere, las residencias de mayores son castigadas con saña. Cientos de abuelos han partido en soledad hacia la eternidad sin un simple adiós de sus seres queridos y en la distancia los impotentes familiares solo pueden decir: “Hasta el valle de Josafat”. Por si lo expuesto pareciese parvo, una cohorte de economistas auguran una pospandemia a la que ya han bautizado como el “Gran Confinamiento”, que traerá más llanto y penuria si no aprendemos a ser solidarios. Difícil, ¿verdad?
Son las veintiuna quince y es la hora de la tisana de mamá. Continuamos otro día papá.
Jueves 9 de mayo de 2020
Hace un lindo día y no quiero estropearlo con las tristezas de la añada. Mamá bien de salud, extrañándote en silencio, fingiendo despreocupada diligencia en medio de sus plantas, al tiempo que les da de beber. Por cierto, cada día parecen más numerosas y frondosas las matas, como si una misteriosa mitosis tuviese lugar en la noche. En cuanto a la familia y los amigos, todos bogando. En lo que a mí se refiere, ya ves, escribirte, leer y esperar, aunque realmente no sé bien qué cosa en sí… Ya se verá.
En breves líneas, narrarte el siguiente suceso que pinta, cuando menos, anecdótico:
Retraído como suelo ser, enredado en las urdimbres de alguna absurda entelequia, no reparé en ellos hasta meses después, pero ya habitaban en aquella época la oquedad. Que inatención la mía para con mis convecinos, una parejita de gorrioncillos. Intentando reparar en lo posible mi gran insociabilidad, desde entonces les soy asiduo. A menudo, quizás aguardando su indulgencia, en un tazón desportillado les dejo unos granos. Nada rencorosos, aseguraría yo, y casi de inmediato, me aceptaron el alpiste con mil amores. Admito que en un principio andaban huidizos, pero eso ya pasó, ahora mismo ninguna cosa temen ya. ¡Qué suerte! En contadas ocasiones, distantes del nidal unos cientos de metros, al descubrir mi silueta dejan caer unos trinos en el aire, como pequeñas mondas melodiosas, y se aproximan dando botes, realizando cortas escalas en las ramas esqueléticas del bosquecillo plateado que puebla las azoteas. Con frecuencia, un día y otro también, dos individuos jóvenes, todavía reacios a vivir por su cuenta, nos visitan. Entonces los padres, maravillosos siempre, se ausentan un breve instante de los benjamines, para atender sin reservas a los vástagos de la anterior nidada, dos revoltosos tunantes incorregibles.
¡Ahora caigo! Apenas les queda alpiste. Seguimos otro día papá.
Domingo 24 de mayo de 2020
Querido padre, cuanta verdad en las palabras “si me quebré el pie, fue por bien”. Este ostracismo gubernamental, por decirlo así, me ha permitido un largo receso casi monacal, un alejarme del mundanal ruido para ahondar más, si cabe, en lo que realmente importa: el amor de los padres por los hijos, el reencuentro familiar de las avecillas y el trazo alegre de su cruz bajo el cielo, un benévolo rayo de sol nada hiriente atravesando la brecha en la nube, el viento, alocado chicuelo, tras una hoja de papel de azotea en azotea… Gratas impresiones todas que, como único equipaje, llevaré en la definitiva partida. Lo demás, banal y efímera materia. Como has podido observar, estoy inmerso en la dulce reconquista del tiempo que me fue escamoteado u olvidé, quizás por un involuntario descuido mío, en el andén primigenio. Quién sabe. Sí, querido padre, te hablo de ese tiempo con mayúsculas del que Séneca hacía referencia a su amigo Lucilio.
¡Ah! No vengas por lo pronto a mis sueños papá, pues es peligrosísimo. Mañana te escribo de nuevo, palabra.





























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