Las afiladas garras del miedo
Debe pasar algo grave para que reflexionemos sobre como somos, lo que hacemos, como lo hacemos y a que dedicamos nuestro tiempo cuando las circunstancias así lo determinen; nos tiene que ocurrir algo que demuestre nuestra debilidad, la extrema vulnerabilidad del ser humano y el deterioro social al que continuamente dirigimos nuestros pasos.
Dicen las lenguas más optimistas que los acontecimientos sobrevenidos en esta pandemia sacarán lomejor de cada cual y emergerán los buenos sentimientos y la solidaridad por encima del abuso individualista que llevamos ejerciendo de una soberbia infinita, creyendónos únicos en el Planeta, más allá de las calladas fuerzas de la naturaleza que en ocasiones deja oír sus gritos, lanzando su furia a una irracional forma de vivir de la especie humana.
Que el mal esta al acecho no es ninguna sorpresa, el virus ha venido a quedarse bien en su forma natural o en progresivas transformaciones a las que tendremos que acostumbrarnos. La virulencia de su maldad es significativa, se lleva por delante cientos de miles de vidas inocentes atrapadas en su forma y otras muchas bajo el recuerdo macabro de persistir en su interior por lo que dure la vida e incluso el dolor por lel profundo daño psicológico infringido a miles de familias.
Hemos podido comprobar como el deseo de proteccionismo sobrepasa el derecho a ser protegido por el sistema, se confirma que el deterioro social conlleva el sufrimiento del mundo. Hagamos de esta pandemia una reflexión sincera sobre lo que merece la pena sacrificar en beneficio de lo que realmente queremos cuando el miedo satura nuestro cerebro.
Pues bien, son esas lenguas inocentes, creídas en su fuero interno de que cuándo vaya pasando la pandemia la sociedad sea una fuente inagotable de sabiduría compartida, empatía atronadora, esfuerzo común y crecimiento por igual las que no tardarán en darse cuenta de que el ser humano es inconformista con la realidad y miserable en sus necesidades; que el hecho trascendental de haber sufrido una de las mayores amenazas en un siglo no nos ha enseñado nada más que a sobrevivir por encima del porvenir de la totalidad.
Estamos mal diseñados para combatir el mal, tan solo somos capaces de colaborar en nuestra propia seguridad, temerosos de arremeter con todas las fuerzasexistentes en un mundo que por globalizado ha pasado a ser un Planeta interesado manejado por unos pocos, hemos infravalorado en un ascenso de la economía el poder de la ciencia y la investigación actual en aniiquilar lo que realmente supone una amenaza para la supervivencia del ser humano, en pleno equilibrio con la naturaleza que nos abastece.
Prueba fehaciente de ello es lo que nos ha superado con la aparición del virus; el tener que regatear los mercados para aprovisionarnos de mascarillas, en aceptar compras que luego fueron engaño en un mercado tan repleto de mutismo como es el asiático y en plegarnos a la verborrea cara a la sociedad que vió a sus representantes políticos embarrados de inconsciencia con la única iniciativa en sus pasos que la aversión por el contrario ¿la pandemia? Ese problema siempre era de “la parte contratante de la primera parte” que tocase en segundo lugar en el turno de palabra.
Desnudos al mundo venimos, nos vestimos con dignidad y volvimos al igual con los políticos desafectos envueltos en la ofensa y la dinámica del deterioro político más abrumador de estos tiempos uando la pandemia era visible en todos los rincones de nuestro entorno, ellas y ellos vergonzosamente se lanzaban los muertos a los que nosotros respetábamos, queríamos y llorábamos en soledad.
No solo fueron las garras desaprensivas del lenguaje político, también intervino el desenlace venido de la falta de previsión en nuestras residencias, contribuyo o no los recortes en sanidad del anterior emblema político que gobernó nuestro país o no, el único afán que debió tenerse es hacer de nuestras residencias de ancianos un lugar seguro de descanso a los que merecen estar protegidos, un espacio viable, visible y digno en el que pasar los días, las tardes y las noches con plena conciencia de sentirse seguros y poder disfrutar de las visitas de sus seres queridos.
Hemos fallado a todas y todos aquellos que hicieron grande un país ignorante, sumido en la opresión; hemos convertido en recuerdo lo que era realidad y ahora, pasadas las primeras jornadas de una normalidad imprevista, tendremos que aprender a superar acontecimientos tan dramáticos. La vida es caprichosa pero es el tesoro más preciado del que disponemos, no podemos dejar que una banda de piratas y saboteadores cometan los mismos errores y volvamos a tener que atesorar poco a poco lo que tanto les costó hacer a quienes ya no están entre nosotros. D.E.P. y gracias.






























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