Mi pinzón azul

Opinion

Aurita aguiar01Sigue siendo un personaje en mi vida. Todavía me parece verla de pie junto al muro de la playa, mirando al mar. Mi retina se habituó por un largo tiempo a avistar su figura al amanecer, según me despertaba y miraba por la ventana. Allí estaba Mami contemplando el horizonte, escuchando las olas, absorta.

Yo me la imaginaba entonces en todas las facetas que de ella conocía: leyendo, pescando, entretenida con los crucigramas, sus colecciones de sellos, con sus bordados … o ensimismada escribiendo poemas al mar, su tema más recurrente:

“Vislumbras las sombras de la madrugada. Anhelas que amanezca,
verte y sentirte en el muelle, ver la mar,
el resplandor de la mañana, la luz que vuelve.
Mirando la mar se olvida el pasado,
el vacío.
Sólo se siente el olor que la mar desprende, el aletear de las gaviotas
y los besos que vuelan por tu imaginación. Los mismos que terminan posándose en tus labios”.*

Me impresionó la primera vez que la vi. Sentada en un sillón, rodeada de libros, folios escritos y periódicos esparcidos sobre la mesa y varias sillas, dejó de hacer el crucigrama que estaba acabando para saludarme. Después de decirme que se llamaba Áurea, se excusó por no levantarse y me dirigió una sonrisa entrañable cuando me agaché a besarla.

-Se la ve muy entretenida, doña Áurea –le dije, percatándome en ese momento de que había tres cañas de pescar apoyadas a la pared, otras tantas atravesadas en el techo del recibidor y, en el suelo, tras el sillón, un balde con agua salada en la que aún brincaban varios peces.
-Quítame el doña, por favor.
-¡No me diga que los ha pescado usted!
-Hace un rato, en el Prisma.

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Nos hicimos amigos enseguida. Se dio entre nosotros una química que nos llevó a hablar de libros, de películas, de Gary Cooper, de política, de la iglesia, de los juegos olímpicos que se estaban celebrando, los últimos del siglo pasado, … y no tardé mucho en preguntarle si podía leer sus escritos.

-Si usted quiere se los paso al ordenador y se los traigo impresos –me ofrecí, después de haber leído unos cuantos. A ella se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
-Con una condición –me dijo.
-¿Cuál?
-Que me llames Mami y me tutees.

Desde entonces hasta días antes de su último adiós tuve el gusto y el honor de ser su amigo, su amanuense personal, el que le leía sus escritos, sentados frente a frente, y teatralizaba para ella sus propios poemas, sobre todo cuando eran de amor:

“Mantengamos el secreto, amor.
No se lo digas al viento, que siempre corre veleidoso
y todo lo propaga.
No se lo digas a la luna, que es tan curiosa y cascabelera.
No se lo digas a las estrellas,
que, aunque parezcan indiferentes,
hacen guiños destellantes para que las miren.
Tampoco se lo digas al sol, que todo lo seca.
Guardemos en secreto que en tu jardín corté un pensamiento
y lo puse en mi corazón.
Mantengamos el secreto, amor”.*

Yo era algo más para ella, aparte de lo ya mencionado. Lo fui durante casi veinte años, a partir de una mañana en la que me paré ante la puerta de su casa y, viendo que la ventana estaba abierta, en lugar de tocar con los nudillos me puse a silbar, intentando imitar el trino de un canario.

-¡Ay, mi pinzón azul! Que dicen que los pinzones azules se están extinguiendo y yo tengo uno en la playa.

Me dieron ganas de pellizcarla en la cara cuando abrió la puerta. Se me iban las manos a sus cachetes colorados. No lo hice porque sabía que no le gustaba. Una vez no pude reprimirlo y ella me pegó en la mano, como la madre que reprende a un chiquillo ruin.

Pasamos muchas mañanas muy bonitas Mami y yo, casi siempre hablando de literatura. Miles de recuerdos tengo con ella. Hablábamos de todo y más. Y yo hasta le cantaba coplas y boleros y le decía chistes verdes.

Una vez, ella tenía ya noventa años, reparé, y se lo dije, en que en sus últimos poemas hablaba de la soledad, del mundo de las sombras y de la muerte:

“¿Otra vez sola?
El cielo está muy alto.
La mar tiene amores.
Se desgarra la tierra.
Me quedaré con mi sombra.
Es un mundo de sombras la muerte.
Un limbo es la muerte, un tránsito,
tal vez corto, tal vez largo,
según tarde nuestro propio barco en la travesía llamada vida.”*

-Tienes cuatro o cinco poemas más con esta temática, Mami. ¿Tú no estarás pensando mucho en todo eso?
-¡Qué va! Yo no pienso ni en la muerte ni en las sombras. Las uso como recurso literario, mi niño.

Me hizo reír su desparpajo, como tantas otras veces.

Siempre recordaré su alegría, su actitud positiva ante la vida, su mirada despierta. Y la escena que más me viene a la memoria, y siempre me hace sonreír, es en la que me dijo que le encantaba que yo la considerara mi madre de Sardina. Luego añadió que también le gustaba que yo fuera el pinzón azul que le cantaba en las mañanas.

* Áurea Aguiar González


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