“Al producirse la coincidencia de colores, nuestras vidas se diluyeron por el sumidero de los recuerdos, donde la nostalgia giraba incesantemente intentando hacerse fuerte en el olvido. Y tú, desde la habitación que se asoma a la calle, hablabas sin parar, sin poder detener tu insaciable torrente de palabras malsonantes e hirientes que se clavaban en mi corazón dolorido, y triste, en aquellos instantes donde la ternura se había ido a tomar por saco y tú, desde aquella atalaya invisible y fuerte, creías que la vida aún te pertenecía. Ni siquiera te habías dado cuenta de que yo había ganado la partida y tú estabas muerta.
Para cuando fuiste consciente de tu nueva situación, yo ya estaba lejos: surcaba el cielo azul en un avión de papel que me trasladaba a la acera de enfrente. Y desde allí contemplé la coincidencia de colores: fachada y cielo convergían en aquel día luminoso, cuando decidimos suicidarnos”.





























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